Sociedad / Domingo 14 de enero de 2001
LOS PUEBLOS INDIGENAS: EL VALOR DE UNA LENGUA PROPIA
Agonía de un idioma rico
Los mapuches se quejan de que "les arrancaron el idioma de la boca". Hay gente que lo habla pero no tiene con quién.
Por SIBILA CAMPS. De la Redacción de Clarín. Enviada especial a Neuquén.
El mapuche, si no sabe su lengua, que es su identidad, no es nada. Si yo tengo que discutir entre mapuches, estoy como los blancos —confiesa Marcial Zapata, werkén (vocero) de la comunidad Rucachoroi—. Yo no sé hablarlo. No pude aprender porque me lo sacaron de la boca cuando empecé a ir a la escuela. El maestro decía: ''El que no hable bien, no puede venir más''".
El mapuzungun tiene una gran riqueza fonética, con sonidos consonantes que no existen en castellano. Los fonemas se ligan entre sí con una articulación menos marcada. Por eso, su transcripción —abundante en la toponimia de la Patagonia— es objetada por los werkenes. "Todas las palabras en mapuche, las fueron componiendo para que sonaran más lindas", destaca Zapata.
"Los antiguos conversaban mucho. Los viejitos se amanecían charlando, puro mapuche —cuenta Juana Ñirelef, autoridad espiritual de la comunidad Cañicul, en lago Paimún—. Yo sé mapuche pero no tengo con quién hablar".
Recuperar su idioma es el fin último de quienes sufrieron la desintegración. "Nos volvimos a juntar en 1986, y así pudimos frenar la obligación de tener que pagar por el pastaje de nuestros animales —agrega Rita Paillafquén—. Y después, tenemos que rescatar de vuelta la filosofía y la lengua".
LOS PUEBLOS INDIGENAS - ULTIMA ENTREGA: UN PROCESO DE REFIRMACION DE LA IDENTIDAD
Los mapuches, en viaje de vuelta a sus orígenes
Retomaron con fuerza su idioma, sus ceremonias religiosas colectivas y también sus artesanías, prácticas que habían perdido por los continuos desalojos. Orgullosos de su tradición, dicen que el mapuche lo llevan en la sangre.
María muestra la pieza en arcilla que modeló en el taller de cerámica de la Ruca Nehuén Mapú, en la ciudad de Neuquén: un pato como los que nadan en el lago Ñorquinco, entre bosques de lengas y araucarias, donde nació. Como muchos de sus peñi (hermanos), María está reaprendiendo elementos de la cultura mapuche. Entre otros, el nombre que le dieron sus padres: Kasfurayem Kajfunawel, que significa Flor Azul en mapuzungum, "el habla de la tierra".
Desde hace unos años, tanto los indígenas que viven en las comunidades de los cerros o la estepa, como muchos de los que fueron a buscar trabajo a las ciudades, están remontando a conciencia el camino hacia sus orígenes. Cada proyecto que emprenden tiene un sentido profundo: la reafirmación de su identidad, la recuperación de su cultura, sus tradiciones y su religión.
"Hay personas que no quieren hablar en su idioma por toda la marginación del pueblo mapuche (a un gringo no me le voy a poner a hablar en mapuche). Esa fue una de las causas principales de que el mapuche no tomara en cuenta el valor de lo que puede generar", explica Miguel Catalán (36), lonko (cacique) de la comunidad Lonco Luan, sobre el lago Moquehue.
"Me gustaba tanto cuando iba al campo y veía los cántaros que hacían los antepasados —recuerda—. Me atraía porque era algo que no lo impuso alguien de afuera sino algo mío, que era parte de mis sentimientos, de mi pueblo. Al principio hacía cosas que me podían ser útiles. Pero el ver que otra cultura le tomó importancia, hace que el chico valore".
Ahora, Catalán es profesor de cerámica en la escuela de su comunidad, donde otros peñi enseñan técnicas de tejido en telar. "Pensamos que como no hay posibilidades de trabajo y ésta es una zona turística, vendiendo una prenda estamos vendiendo algo propio, que tradicionalmente nuestro pueblo tuvo presente", subraya.
Las expulsiones y los desalojos significaron la desintegración de las comunidades y, con ellas, la pérdida del mapuzungum y de las ceremonias religiosas colectivas, que sólo pueden hacerse en el rewe (lugar sagrado). Al mismo tiempo que las recu peran —en la medida en que la Secretaría de Turismo les permite regresar a sus rewes (ver El lugar......)—, van relativizando la práctica de las religiones occidentales.
"Ambos vivimos en un solo mundo, con un solo Dios, a quien le debemos. Nguenechén ("Dueño de la Gente") es un solo padre", afirma Catalán. Por eso, para quien logró enviar a sus hijos a otra ciudad para cursar el secundario, no tiene ningún significado especial que se trate de un colegio religioso. "El mapuche lo tenemos adentro, lo llevamos en la sangre", subraya el lonko José Miguel Puel.
El mapuche es agradecido: todas las mañanas, antes de empezar a tomar mate, devuelve el primer sorbo a la tierra. "El rezo, cada uno lo hace con sus palabras, por el día que va a enfrentar. Pide a Nguenechén que lo guíe y le dé fuerzas; que todo lo que tiene pensado hacer, se cumpla", explica Puel. Y por la noche le da las gracias porque el trabajo realizado salió bien.
Hagan o no bautizar a sus hijos —a quienes íntimamente ponen el nombre de una planta, un animal o un arroyo—, lo presentan en el altar del rewe como un nuevo integrante de la comunidad. Y en febrero celebran el nguillatun, la principal rogativa, en la que piden por un buen año, con pastura para los animales y salud para todos.
Se realiza en febrero —en fecha fija para cada comunidad—, por lo general después de la piñonada, cuando ya se puede invitar con musaid, una especie de chicha elaborada con piñones fermentados de la araucaria. Cada familia construye una ramada con troncos y con ramas de jarilla y chilca, y durante tres días, mientras los caballos giran frenéticamente en torno del tótem o del cúmulo de tierra que oficia de altar, cantan y expresan sus ruegos.
Felipe Paillafquén y Domingo Llankafila estaban tocando la trutruka (corneta), en pleno nguillatun de la comunidad Cañicul, cuando la Administración de Parques Nacionales los desalojó de la zona donde vivían, en lago Paimún. Ahora, Juana Ñirelef, la pijan kuse (autoridad espiritual), está pensando en volver a hacerlo, por más que no haya camino y deban acercarse en bote. "Ojalá lo vamos a hacer —se ilusiona—. Por ahí en marzo o abril, porque a mí no me gusta que haiga muchos turistas. Yo, lejitos de los huincas".
Aún cuando en una comunidad haya un templo evangélico y hasta una casa de oración, como en Rucachoroi, no reniegan de sus creencias. "Vamos a la iglesia, estamos —consiente el lonko Gervasio Quinillán—. Algunos nos dicen que no pueden existir los demonios nuestros, pero no podemos dejar nuestras costumbres".
Ciertas comunidades, como Cañicul, se indignan cuando se enteran de que se publican y reparten ejemplares de la Biblia en idiomas indígenas. "Algunos pastores dicen que la rogativa no puede existir. Yo lo hago lo mismo, porque la oración que hacen los evangélicos, nosotros la hacemos en mapuche. Pienso que nos quieren privar de nuestra naturaleza", interpreta Quinillán. En su vivienda, por caso, está colgada la kaskawilla, los cascabeles que en las rogativas acompañan el choique purrun, la danza del choique (ñandú).
"El macho forma una cuadrilla de 10 a 20 hembras y tienen nido comunitario. Por eso nos sentimos identificados con ellos, porque el macho y la hembra cumplen cada uno su función", afirma Gabriel, hijo del lonko de Kaxipayiñ. Esa comunidad, situada a 80 kilómetros de Neuquén, está criando ñandúes con incubadora, para repoblar un campo que la contaminación con petróleo convirtió en un páramo (ver Campos......).
En noviembre, cuando un incendio destruyó su casa, debido a una mala instalación del consorcio que administra la planta separadora de gases de Loma de la Lata, el fuego destruyó el poncho que su mujer estaba tejiendo a su hijo para cuando cumpla 4 años. "Ahora, el makún se lo están haciendo, todas las mañanas, las mujeres de la comunidad. A medida que van haciendo, van pensando", explica Gabriel.
El hijo del lonko señala que "antes, el mapuche no escribía. El pensamiento quedó reflejado en lo que hacían —lo que los blancos llaman artesanías— y en el idioma". Por eso, los lonkos exigen al gobierno neuquino que cumpla con sus propias normas, y designe maestros de lengua y cultura mapuche (ver "Un paquete...).
Los dirigentes de la Confederación Mapuche van más allá y piden una educación intercultural. "La sociedad huinca tiene que acceder al conocimiento mapuche. La interculturalidad se da cuando dos culturas se enriquecen mutuamente, en una convivencia permanente", sostiene Roberto Ñancucheo. "El criollo y el mapuche siempre lucharon juntos", afirma Puel.
"Pero la provincia no da respuestas a los pedidos —se queja Marcial Zapata, werkén (vocero) de Rucachoroi—. Acá tenemos personas que están capacitadas, para que les enseñen a hablar y contestar en la lengua mapuche. Y después, los conocimientos se los va a dar la vida. La historia, de la que ustedes dan, ésa es más jodida".
ANALISIS
El siglo XXI no llegó para los indígenas Los 850.000 indígenas de la Argentina que se asumen como tales, llegaron al siglo XXI preguntándose por qué es tan despiadado el costo de seguir siendo indígenas. A la mayoría de ellos, ni siquiera se les dejó la falsa opción de abandonar sus comunidades y diluirse en una villa de emergencia.
A excepción del idioma, las artesanías y la organización comunitaria, el rasgo que más resalta al recorrer las comunidades es la apabullante suma de carencias. Con ellos no sólo se cumplen escasamente las leyes específicas, las Constituciones Nacional y provinciales, las convenciones internacionales. Se les niegan los derechos más elementales: a quedarse en el lugar que ocupan desde siempre, a no ser invadidos ni contaminados, a tener vivienda digna, a alimentarse y tomar agua potable, a estar sanos, a estudiar, a trabajar.
Sus pedidos a los organismos públicos de asuntos indígenas para mejorar su calidad de vida son ínfimos: batería para la radio, semillas para sus huertas, una rastra para el tractor (los pocos que lo tienen), un pozo de agua, paneles solares y heladera para conservar suero antiofídico.
Conseguirlos se vuelve para ellos una inhumana carrera de obstáculos. El Estado —que de por sí destina presupuestos irrisorios a las minorías sin poder— les demanda un calvario burocrático, propio de funcionarios que nunca salieron de su ciudad. "Los caciques y los presidentes de las asociaciones comunitarias no saben presentar los proyectos", se quejan.
Se les exige un conocimiento específico a personas que no siempre saben leer, escrito a máquina en lugares donde a menudo ni siquiera hay muebles. Por ejemplo, presentar fotocopia del DNI les significa caminar o pedalear decenas de kilómetros, esperar un colectivo de horario incierto, tener el dinero para el pasaje y para el documento; y, si en ese pueblo no hay fotocopiadora, triplicar costos y distancias.
No reclaman sueldos. Sólo piden los recursos mínimos para poder ganarse la vida y progresar. Y hacerlo sin verse forzados a traicionar su filosofía y su escala de valores. Tienen un objetivo: están convencidos de que, junto con el reconocimiento de la propiedad de sus tierras, la educación es el único camino para vivir mejor. Y ponen en la capacitación y en los estudios una fuerza de voluntad admirable.
Pero para los indígenas, el acceso a la educación está taponado por situaciones y mecanismos perversos. Muchos chicos deben caminar kilómetros con temperaturas bajo cero, o descalzos bajo un sol implacable. Y en los hechos, el auxiliar docente bilingüe prácticamente no existe.
Si logran concluir 7°, casi siempre será a costa de olvidar su idioma. Y con él, las posibilidades de comunicarse con sus abuelos y conocer su historia, sus mitos y leyendas (su religión, casi todos la perdieron hace tiempo). Para ellos tampoco tendrá sentido aprender a hacer los canastos, los tejidos, la vajilla de madera, las vasijas de cerámica en los que se condensa parte de su cultura: para uso propio, dan demasiado trabajo; como artesanías, no hallan a quién vendérselos o se los pagan mal.
Para los pocos que completan la primaria, la secundaria les resulta casi inaccesible. Si no hay escuela albergue, no tendrán cómo pagar alojamiento, comida, útiles y hasta uniforme, como se exige en Formosa. ¿Cuáles son los máximos sueños de los adolescentes que se permiten soñar? Ser maestros, para enseñar a sus hermanos en su propio idioma. Médicos, para atender sus graves problemas de salud. Abogados, para luchar por el cumplimiento de sus derechos. Pero el terciario y la universidad ya son utopías.
Poco hacen por ellos los organismos públicos específicos. Con una dotación de 30 personas, sin delegaciones, sin autonomía y un presupuesto de sólo 4 millones de pesos, en el 2000 el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas apenas llegó a ejecutar el 60 por ciento. No hacen mejor papel sus pares provinciales, con fondos escasos y teñidos por la politiquería.
Evitar que los indígenas terminen de desaparecer de la Argentina, ya sea por enfermedades, por disolución de su identidad o por asimilación con la pobreza de las periferias urbanas, no es sólo un deber de funcionarios y legisladores, que juraron por una Constitución que no cumplen o hacen cumplir, sino también de todos los argentinos. Si no, además de permitir una injusticia sin retorno, nos habremos privado de la oportunidad de compartir y disfrutar de su cultura, y de aprender de su armónica relación con la naturaleza. |