Sociedad / Domingo 14 de enero de 2001
LOS PUEBLOS INDIGENAS - ULTIMA ENTREGA: UN PROCESO DE REFIRMACION DE LA IDENTIDAD
Los mapuches, en viaje de vuelta a sus orígenes
Retomaron con fuerza su idioma, sus ceremonias religiosas colectivas y también sus artesanías, prácticas que habían perdido por los continuos desalojos. Orgullosos de su tradición, dicen que el mapuche lo llevan en la sangre.
Por SIBILA CAMPS. Enviada especial a Neuquén.
María muestra la pieza en arcilla que modeló en el taller de cerámica de la Ruca Nehuén Mapú, en la ciudad de Neuquén: un pato como los que nadan en el lago Ñorquinco, entre bosques de lengas y araucarias, donde nació. Como muchos de sus peñi (hermanos), María está reaprendiendo elementos de la cultura mapuche. Entre otros, el nombre que le dieron sus padres: Kasfurayem Kajfunawel, que significa Flor Azul en mapuzungum, "el habla de la tierra".
Desde hace unos años, tanto los indígenas que viven en las comunidades de los cerros o la estepa, como muchos de los que fueron a buscar trabajo a las ciudades, están remontando a conciencia el camino hacia sus orígenes. Cada proyecto que emprenden tiene un sentido profundo: la reafirmación de su identidad, la recuperación de su cultura, sus tradiciones y su religión.
"Hay personas que no quieren hablar en su idioma por toda la marginación del pueblo mapuche (a un gringo no me le voy a poner a hablar en mapuche). Esa fue una de las causas principales de que el mapuche no tomara en cuenta el valor de lo que puede generar", explica Miguel Catalán (36), lonko (cacique) de la comunidad Lonco Luan, sobre el lago Moquehue.
"Me gustaba tanto cuando iba al campo y veía los cántaros que hacían los antepasados —recuerda—. Me atraía porque era algo que no lo impuso alguien de afuera sino algo mío, que era parte de mis sentimientos, de mi pueblo. Al principio hacía cosas que me podían ser útiles. Pero el ver que otra cultura le tomó importancia, hace que el chico valore".
Ahora, Catalán es profesor de cerámica en la escuela de su comunidad, donde otros peñi enseñan técnicas de tejido en telar. "Pensamos que como no hay posibilidades de trabajo y ésta es una zona turística, vendiendo una prenda estamos vendiendo algo propio, que tradicionalmente nuestro pueblo tuvo presente", subraya.
Las expulsiones y los desalojos significaron la desintegración de las comunidades y, con ellas, la pérdida del mapuzungum y de las ceremonias religiosas colectivas, que sólo pueden hacerse en el rewe (lugar sagrado). Al mismo tiempo que las recu peran —en la medida en que la Secretaría de Turismo les permite regresar a sus rewes (ver El lugar......)—, van relativizando la práctica de las religiones occidentales.
"Ambos vivimos en un solo mundo, con un solo Dios, a quien le debemos. Nguenechén ("Dueño de la Gente") es un solo padre", afirma Catalán. Por eso, para quien logró enviar a sus hijos a otra ciudad para cursar el secundario, no tiene ningún significado especial que se trate de un colegio religioso. "El mapuche lo tenemos adentro, lo llevamos en la sangre", subraya el lonko José Miguel Puel.
El mapuche es agradecido: todas las mañanas, antes de empezar a tomar mate, devuelve el primer sorbo a la tierra. "El rezo, cada uno lo hace con sus palabras, por el día que va a enfrentar. Pide a Nguenechén que lo guíe y le dé fuerzas; que todo lo que tiene pensado hacer, se cumpla", explica Puel. Y por la noche le da las gracias porque el trabajo realizado salió bien.
Hagan o no bautizar a sus hijos —a quienes íntimamente ponen el nombre de una planta, un animal o un arroyo—, lo presentan en el altar del rewe como un nuevo integrante de la comunidad. Y en febrero celebran el nguillatun, la principal rogativa, en la que piden por un buen año, con pastura para los animales y salud para todos.
Se realiza en febrero —en fecha fija para cada comunidad—, por lo general después de la piñonada, cuando ya se puede invitar con musaid, una especie de chicha elaborada con piñones fermentados de la araucaria. Cada familia construye una ramada con troncos y con ramas de jarilla y chilca, y durante tres días, mientras los caballos giran frenéticamente en torno del tótem o del cúmulo de tierra que oficia de altar, cantan y expresan sus ruegos.
Felipe Paillafquén y Domingo Llankafila estaban tocando la trutruka (corneta), en pleno nguillatun de la comunidad Cañicul, cuando la Administración de Parques Nacionales los desalojó de la zona donde vivían, en lago Paimún. Ahora, Juana Ñirelef, la pijan kuse (autoridad espiritual), está pensando en volver a hacerlo, por más que no haya camino y deban acercarse en bote. "Ojalá lo vamos a hacer —se ilusiona—. Por ahí en marzo o abril, porque a mí no me gusta que haiga muchos turistas. Yo, lejitos de los huincas".
Aún cuando en una comunidad haya un templo evangélico y hasta una casa de oración, como en Rucachoroi, no reniegan de sus creencias. "Vamos a la iglesia, estamos —consiente el lonko Gervasio Quinillán—. Algunos nos dicen que no pueden existir los demonios nuestros, pero no podemos dejar nuestras costumbres".
Ciertas comunidades, como Cañicul, se indignan cuando se enteran de que se publican y reparten ejemplares de la Biblia en idiomas indígenas. "Algunos pastores dicen que la rogativa no puede existir. Yo lo hago lo mismo, porque la oración que hacen los evangélicos, nosotros la hacemos en mapuche. Pienso que nos quieren privar de nuestra naturaleza", interpreta Quinillán. En su vivienda, por caso, está colgada la kaskawilla, los cascabeles que en las rogativas acompañan el choique purrun, la danza del choique (ñandú).
"El macho forma una cuadrilla de 10 a 20 hembras y tienen nido comunitario. Por eso nos sentimos identificados con ellos, porque el macho y la hembra cumplen cada uno su función", afirma Gabriel, hijo del lonko de Kaxipayiñ. Esa comunidad, situada a 80 kilómetros de Neuquén, está criando ñandúes con incubadora, para repoblar un campo que la contaminación con petróleo convirtió en un páramo (ver Campos......).
En noviembre, cuando un incendio destruyó su casa, debido a una mala instalación del consorcio que administra la planta separadora de gases de Loma de la Lata, el fuego destruyó el poncho que su mujer estaba tejiendo a su hijo para cuando cumpla 4 años. "Ahora, el makún se lo están haciendo, todas las mañanas, las mujeres de la comunidad. A medida que van haciendo, van pensando", explica Gabriel.
El hijo del lonko señala que "antes, el mapuche no escribía. El pensamiento quedó reflejado en lo que hacían —lo que los blancos llaman artesanías— y en el idioma". Por eso, los lonkos exigen al gobierno neuquino que cumpla con sus propias normas, y designe maestros de lengua y cultura mapuche (ver "Un paquete...).
Los dirigentes de la Confederación Mapuche van más allá y piden una educación intercultural. "La sociedad huinca tiene que acceder al conocimiento mapuche. La interculturalidad se da cuando dos culturas se enriquecen mutuamente, en una convivencia permanente", sostiene Roberto Ñancucheo. "El criollo y el mapuche siempre lucharon juntos", afirma Puel.
"Pero la provincia no da respuestas a los pedidos —se queja Marcial Zapata, werkén (vocero) de Rucachoroi—. Acá tenemos personas que están capacitadas, para que les enseñen a hablar y contestar en la lengua mapuche. Y después, los conocimientos se los va a dar la vida. La historia, de la que ustedes dan, ésa es más jodida".
COMUNIDAD EN EL NORDESTE DE NEUQUEN
Campos con olor a nafta
Ingresar a la comunidad Kaxipayiñ, a 80 kilómetros al noroeste de Neuquén, es como recorrer un terreno minado, con centenares de carteles que anuncian peligro. No hay más vida que matas raleadas de pastos duros. Se respira olor a nafta.
"La comunidad vivía de la huerta y de sus animales —cuenta Gabriel Kaxipayiñ, el hijo del lonko—. La fauna era la que siempre fue parte de nuestra vida y que consumíamos: guanaco, choique, liebre, peludo, martineta. Sólo había un camino cabrero, por donde venían a comprar la lana, o algún mercachifle. No sabíamos que había petróleo".
Primero, los campos donde pastaban sus animales fueron inundados por los lagos artificiales Los Barriales y Mari Menuco, que integran el embalse Cerros Colorados. Después reventó el campo, cuando el consorcio multinacional Mega SA construyó una planta separadora de gases y un oleoducto.
Los Kaxipayiñ vieron secarse la vegetación. Tardaron en descubrir que los condensados de petróleo eran arrojados al campo sin ningún tratamiento. "Los animales tomaban agua, caminaban quince metros y quedaban ahí nomás —cuenta Gabriel—. No sabíamos que nos podía perjudicar a nosotros: el agua salía mezclada con gasolina".
Los jagüeles (pozos poco profundos) dieron paso a bombas para sacar agua a 4 metros. En 1996, cuando se contaminó esa napa, una jueza ordenó a la provincia llevarles agua en bidones: varios miembros de la comunidad tenían plomo en la sangre y mercurio en la orina.
Gabriel recuerda que el gobierno neuquino no cumplió con su promesa de instalar una planta potabilizadora de agua. "La provincia nos dijo: ''Ustedes no están contaminados, pero les aconsejamos que los chicos no jueguen en la tierra''", señala.
Se acerca al corral y llama con silbidos largos y tenues a los seis choiques que están criando. Ya soltaron doce, y en una incubadora maduran diez huevos, traídos de afuera. "También criamos liebres y pichis (mulitas). El ñanco (águila), cuidamos una parejita y este año hay dos pichones".
Gracias a la lucha judicial, los Kaxipayiñ recibieron esas 4.600 hectáreas yermas, dos camionetas y el salón comunitario. Con los 2.000 a 2.500 pesos por mes que les paga Mega por servidumbre de paso comen, se visten y se calientan los 60 miembros. "Ya no podemos desarrollar nuestra actividad y perdimos algo vital para el mapuche: el contacto con la naturaleza", se queja Gabriel. "El problema no es de tierra sino de territorio —subraya Jorge Nahuel, de la Confederación Mapuche—. Sin el control de los recursos no hay posibilidad de revertir la pobreza".
El lugar sagrado más natural
Encabezados por su lonko, Jerónimo Reyes, varios miembros de la comunidad Catrileu cruzan el puente sobre el lago Ñorquinco y pasan la tranquera de ingreso al Parque Nacional Lanín. Lleva vincha y chaleco tejido a mano, y al hombro, la bandera de la Nación Mapuche. Beatriz, su mujer, recoge flores y briznas de pasto.
Sara Gil (69) se apoya en una caña de quila para subir la empinada cuesta que lleva hacia el rewe. Es la segunda vez que regresan a pleno día desde agosto, cuando la Secretaría de Turismo de la Nación les franqueó el paso. "Algunos venían para la Navidad. También de noche, para desahumarlo, ponerle cosas, comidas", recuerdan.
El lugar sagrado, centro ceremonial y de la actividad comunitaria, es un descampado en forma circular, en medio de un bosque de araucarias que cortan la respiración. "Todavía está la senda de los caballos, de cuando se hacía el nguillatun —indica Sara—. A mí me trajeron una vez, pero todavía me acuerdo".
Fue hace más de medio siglo, antes de que los desalojara la Administración de Parques Nacionales. "Los bisabuelos mismos decían que ya venían corridos, de Bahía Blanca. Se fueron a Chile a salvar su vida", comenta Sara.
Sus recuerdos están dulcemente deformados por la nostalgia. "Mi papá contaba que antes de los huincas, las tierras eran del mapuche. Eran muy ricos porque no pagaban talaje. Decía que invierno y verano eran lo mismo: no nevaba", afirma Zelmira Likán (66). "Antes sembraban trigo, maíz, y no se helaba", confirma Beatriz. "Cuando estaba la población mapuche no se encendía nunca el bosque", asegura Sara.
En el centro del rewe se alza el chemamuil (muñeco de madera). Soles y nevadas le han agrietado el rostro, que mira hacia el Puel, la salida del Sol. La comunidad le calcula entre 80 y cien años. En fila, el grupo da tres vueltas a su alrededor, en sentido contrario al de las agujas del reloj, y se detiene de espaldas al tótem, frente al Sol. "Entrá con nosotros", invita Roberto Ñancucheo a la cronista. Se encienden cigarrillos. Se fuma apenas, reteniendo el humo.
Todos ruegan en silencio. Hasta que Beatriz deja su ofrenda de pasto y flores silvestres: "Señor, yo no sé hablar en lengua, pero queremos pedirte que nos devuelvan nuestras tierras".
Si se cumplen las promesas de la Secretaría de Turismo, de la que depende Parques Nacionales, algunas familias podrán volver pronto a vivir en sus antiguas tierras. Ñancucheo señala hacia el fondo del bosque: "¿Se imagina, doña Zelmira, cuando esté mirando el cerro desde lo alto?".
"Un paquete de castigo"
La comunidad Rucachoroi, una de las más tradicionales de Neuquén, está asentada en las laderas de los cerros, entre un bosque de araucarias y el río Rucachoroi, en una zona de difícil acceso.
"Alguna vez fue una comunidad virgen en cuanto a imposiciones —señala el werkén Marcial Zapata—. Acá, las iglesias y el catolicismo han trabajado mucho para, según ellos, ''modernizar al mapuche. Pero a cambio van a tener que creer en esto''. La cultura ha sido tan renegada, desde que empezó a haber maneras de estudio..."
"Antes venían los catequistas. Y la gente empezó a caminar con ellos —interpreta el werkén—. ''Si yo sigo con lo mío, voy a morir pobre'', decía. Ellos empezaron: ''Tendríamos que tener una casa porque nos queda lejos para venir''. Y después: ''Tendríamos que tener una iglesia''".
"La identidad de la cultura mapuche se debe respetar —reclama—. Es muy hermoso el paquete que se vende. El Gobierno da de caridad muchas cosas, y es tan bajo el nivel económico, que tiene que agarrar lo que venga y hacer lo que le diga. Pero así también el mapuche se fue castigando solo y perdiendo cosas". |