LA ARGENTINA ABORIGEN - DIARIO CLARIN

Sociedad / Lunes 8 de enero de 2001

INVESTIGACION DE CLARIN / 2ª PARTE: LOS PUEBLOS INDIGENAS- ENFERMEROS Y AGENTES SANITARIOS KOLLAS
Coplas, chistes y juegos para aprender a cuidarse la salud

Por SIBILA CAMPS. Enviada especial a Salta.

En el espacioso patio de tierra de la escuela de Los Naranjos, Karina Canaviri y Leticia Mamaní, ambas de 11 años, marcan el compás en el parche de sus cajas y practican, tratando de imitar el falsete que escuchan en las fiestas a sus madres y abuelas:

"Tengo que ser niño limpio

permanente higienizado

mantener limpio mi ambiente

para no ser contagiado".

En las Yungas, las distancias se miden por horas de marcha. Si hay que subir y bajar un cerro, 25 kilómetros pueden significar 8 horas. Sin vehículos en los poblados y con pésimos caminos para la llegada de la ambulancia desde Orán, a falta de médico, buena parte de la responsabilidad recae sobre los enfermeros y agentes sanitarios, miembros de la propia comunidad.

"Las chapas del techo chorrean, se levantan y entran murciélagos —describe Fidel Canabiri, enfermero de El Angosto—. Las baterías para la radio se están por agotar y nos vamos a quedar incomunicados. No hay heladera para guardar suero antiofídico, y para vacunar, siempre tenemos que venir a la carrera desde Orán".

Insuficiencias respiratorias en invierno y diarreas en verano son los cuadros más comunes. "En los últimos meses también hubo problemas de desnutrición", agrega Fidel. Los enfermeros se tienen que ocupar, además, de controlar los embarazos y, con frecuencia, de atender los partos.

Hace nueve años, el hospital de Orán decidió encarar una tarea conjunta con los docentes de las cuatro escuelas. Las Jornadas Educativas en Salud Comunitaria son una fiesta en las Yungas. Se realizan en Los Naranjos, por tener una escuela albergue —hay alumnos que llegan tras dos días de caminata—, y por quedar equidistante de las otras tres comunidades.

La fecha depende de la crecida de los ríos. Cuando llega el día, unos 300 chicos de los grados superiores de El Angosto, Río Blanquito y San Andrés madrugan de excitación y amontonan material didáctico, colchones, mantas y provisiones.

Los camiones bamboleantes los llevarán a Los Naranjos, donde están esperándolos otros cien chicos y varias mamás, metidas a cocineras voluntarias. Los colchones de los visitantes se sumarán a los de los anfitriones; como nunca alcanzan, los chicos dormirán de a dos. Y de algún modo se arreglarán los padres que llegan de sus comunidades en bicicleta o a caballo.

Bajo la sombra de un chañar, Karina y Leticia siguen practicando:

"La diarrea es una enfermedad

peligrosa a morir:

si no vamos al médico

puede ser mortal"

Coplas, chistes, juegos, sketches y stands forman parte del repertorio preparado para aprender a cuidarse. Fuera del trabajo, pero no de las jornadas, quedan los campeonatos de fútbol y voleibol infantil.

Temprana iniciación sexual

—Mi madre ha dejado la orden de que a los 30 años me buscara mujer. Antes, el hombre se buscaba mujer después de que volvía del servicio militar. Antes, la mujer, con el primer hombre que tenía amistad, para seguir ya se tenía que casar— recuerda Enrique Canabiri.

—Antes había mucho más respeto por los pagres y las magres. A los changos no los dejaban salir de noche— confirma Primitiva Mamaní.

Los kollas coinciden en que "antes" las normas no eran tan relajadas. "Ahora, cuando una nena tiene 11, 12 años, los muchachitos dicen: ''Ya está lista para la rameadita''", cuentan las maestras de El Angosto. A esa escuela asiste una chica de 13 años que quedó encinta. Y en la de Los Naranjos, algunas chicas de 8° grado, adolescentes de 16 años, van a clase con sus bebés.

"A veces los muchachitos se enteran de que la nena está sola porque los padres se fueron al monte, y van varios a la casa —señalan los docentes—. Así se encierre bajo diez mil llaves, los muchachos se dan maña y hasta terminan volteando la puerta". Entre los kollas no se considera una violación: "Es algo natural", interpretan los docentes.

En el juego de la seducción, es la mujer quien da el primer paso. En los bailes y las fiestas, cuando la chica deja el rebozo abierto frente a un muchacho y sale corriendo, está dándole la señal de que desea ser perseguida. Y no hace falta explicar las motivaciones.

El resultado es una buena cantidad de madres adolescentes, que terminan en guarda de la abuela. "Me da rabia, pero qué se le va a hacer: está hecho", confiesa Primitiva, quien tuvo cinco hijos y ahora cría a dos nietos. "Después de los cinco, a mí y a mi marido un médico de Orán nos explicó cómo cuidarnos", agrega.

"Cuando pasan los 30 años, recién constituyen una familia, y el hombre se queda con esa mujer hasta la muerte", observan las maestras.

Ninguna pareja se casa —o se junta— con las manos vacías. "Cuando un hijo se independiza, a los 16 o 17 años, a cada uno le dan una vaca. Cuando se es suertudo, pare la vaquita. En nombre de ellos tenemos diez vacas —explica Primitiva—. Los vecinos que tienen más animales, cada tanto carnean una vaquita". Y las gallinas y los pollos, ¿también forman parte de la dote? "Tenía 40 gallinas —recuerda—, pero cada domingo he comido una".

HISTORIA
Un día en la vida de una pastora

En Los Naranjos no hace falta despertador. "A las 6 ya levantan las gallinas. Ya hacen bulla, ya no duermo", cuenta Flavia Contrera de Méndez (54). No será su cansancio sino el Sol hundido tras los cerros el que dé vuelta la página del largo día de las mujeres kollas. "Mi marido trabaja acá como enfermero y no le dan permiso, así que yo tengo que encargarme de la hacienda, la siembra, las gallinas, la casa".

"Doy de comer a las gallinas y me pongo a limpiar la casa —enumera—. Si está fresco voy a ver las plantas: machetear yuyos, azadear, limpiar la huerta".

Como todas las familias, tiene su huerto lejos del pueblo. Pero las ojotas de los kollas están acostumbradas a derrotar distancias, por más que parezcan mulas de carga. "A las 11 cocino —prosigue—. La comida me lleva hasta la una o las dos. Tarde, ya no puedo trabajar mucho: hilo, tejo, ya sentada".

Aguantaba de pie hasta el 24 de mayo pasado, en que se accidentó. Fue cuando iba a buscar de la veranada a las 25 vacas de la familia. "Iba muy cargada, había tormenta, me resbalé y me vine para abajo. Estuve dos horas tirada hasta que arrastrándome, pude volver a subir la cuesta, así alguno podía verme".

Unos hombres la encontraron y la llevaron cien metros a cococho, hasta su casa. Alguien mandó avisar al agente sanitario de San Andrés, quien llegó a las diez de la noche. "Decían que el tobillo no estaba quebrado sino zafado. Que una señora sabía componer. Me han tirao de abajo y me han abierto más el hueso".

"Llovía tanto, que la mula no se ha querido ni arrimar —recuerda—. Trajeron un caballo mansito. Entre tres hombres me han alzao hasta la montura para llevarme a San Andrés. Me han tableao con tablas de cajón. Estaba el primer tractor que había llegado del año y volví a Los Naranjos el 24 a la noche".

En ninguna de las comunidades de las Yungas hay médico, y hubo que llamar al hospital de Orán. "La ambulancia no llegaba porque el río estaba crecido. Recién el 26 por la tarde pudo salir, pero se quedó atascada dos horas. Se me ha hinchao el pie, se me ha pintao negro, era un hígado". Flavia fue operada tres días después. "Me han puesto unos clavos. Dos meses estuve enyesada hasta la rodilla en Orán".

"El dotor dice que me duele porque tengo una descalcificación de los huesos y una artritis con reuma". Pero no es eso lo que más la ha fastidiado, sino el hecho de no poder sentarse frente a su telar. "Cuando me enfermo, sufro bastante por eso. Cuando estaba en Orán he tejido dos buzos para mis hijos y dos chalecos para mi marido".

Dentro de todo, Flavia tiene menos trabajo que la mayoría de sus vecinas, con cinco o seis hijos, y nietos que criar. Además, los suyos ya no viven con ella. "El más chico está estudiando en Jujuy para ingeniero agrónomo. La hija es maestra. Y el mayor, profesor de electricidad y bobinado de motores en el Industrial de Orán. El chico nos cuesta mucho para hacerlo estudiar, porque está en una pensión. Y las becas, las dan cuando quieren".

También Flavia fue docente. De lo que mejor sabe hacer: tejer. "He estao siete años en la escuela como maestra idónea, pero no he podido seguir porque no tenía 7° grado. Me había preparado para rendir y no me han avisado; yo estaba en Orán por un accidente de mi marido, y después no hubo más exámenes. Pero lo que me han enseñao no me he olvidado. Igual sigo leyendo: leo mucho los libros religiosos, y los folletos de salud que le dan a mi marido".

INVESTIGACION DE CLARIN / 2ª PARTE: LOS PUEBLOS INDIGENAS- UNA TRADICION QUE PASA DE PADRES A HIJOS
Tejidos kollas, un acto de amor que no da para vivir

Los kollas se quejan porque no hay salida para la artesanía. Y aunque siguen tejiendo sus propias ropas, desde los gorros con orejeras hasta las medias, no encuentran quién les pague un precio justo por sus excelentes prendas

En el patio de su casa de Los Naranjos, Flavia Contrera de Méndez (54) pide ayuda para desplegar la pesadísima colcha de dos plazas que salió de su telar, en lana hilada y teñida por ella misma. Una maravilla de flores multicolores, que merecería estar en una exposición de tapices.

"A los 7 años, mi mama me ha enseñao a hacer unas trenzas, pero chiquitas —recuerda—. ¡Los chirlos que me ha pegao! Más me pegaba, menos aprendía. Hasta que le dije: ''No me enseñe más. Yo me voy a ir a pastear las ovejas y voy a aprender''. Tejía y destejía, hasta que me salió. Y después he aprendido con una señora".

Todas las comunidades indígenas que quedan en la Argentina tienen sus angelitas de las guardas, como las llama María Elena Walsh. Como antes de la conquista, las mujeres wichís, tobas y pilagás siguen torciendo la fibra del cháguar para hacer llica. En el monte son muy pocas las que hilan lana, especialidad reservada a las kollas y a las mapuches, quienes viven en regiones más aptas para la cría de ovejas.

Un palenque, un clavo en la pared, una estaca en la tierra, el respaldo de una silla bastan para hacer trenzado. La técnica, más primitiva que el telar, se traducirá en cinturones, fajas y pulseras. Con una trenza de varios colores, las kollas harán un cinto para su amplia pollera y adornarán su inconfundible sombrerito redondo.

En las Yungas, el telar no es patrimonio exclusivo de las mujeres. "Tejo para toda la comunidad —se enorgullece Santos Félix Palacios—. Para la fiesta patronal, que es el 24 de setiembre, día de la Virgen de Fátima, he desfilao con mi telar: lo llevaban entre cuatro personas, con los hilos todos urdidos".

"Me traen el hilo, yo lo hago obra. En eso me paso el invierno, desde marzo hasta diciembre —cuenta Palacios—. Cuando empiezo una obra, siento que nadie me apura, que trabajo para mí".

De su telar salen colchas, ponchos para los hombres y rebozos para las mujeres, quienes se encargan luego de iluminarlos con bordados. Piezas de apretado barracán, con las que se confeccionan los trajes que los hombres visten en ocasiones especiales, como el Día de las Almas. Los paños de abrigado picote marrón con los que sus vecinas cosen sus polleras, para ellas y para sus hijas. Después, cada una alegrará el ruedo con vivos de colores.

"Me ha enseñao mi papá. Ya a mis hijos, por lo menos, les he enseñao", agrega. Y muestra los peines para emparejar la trama, una orfebrería de la paciencia hecha con delgadísimos trozos de caña.

Palacios no sólo teje ropa. Allí están, por ejemplo, las alforjas que se agregan al apero del caballo, para llevar cosas. "También tejo costales, para el maíz. Salen hermosos, más duros que las bolsas de plástico", comenta.

A dos agujas

Con la misma mano con que acaricia a una oveja, Primitiva Mamaní (49) revuelve el pelo a su nieta de 4 años. "Cuando era como estita, yo ya sabía hilar, torcer la lana. Además hice un curso de telar en Salta y he enseñado a muchas vecinas".

"Hice un tapiz con la Virgen María y el Niño", cuenta. Si los kollas encarnaran a la Pachamama en un rostro, seguramente se parecería a la mujer de trenzas y anchas caderas que tejió Primitiva, y que acuna a un bebé hecho a su imagen y semejanza. "Pero el telar grande lo he desarmado —se lamenta—. Lo he hecho gallinero, porque no hay salida para la artesanía".

Aun cuando tuvieran dónde y con qué comprarlas, en las Yungas a nadie se le ocurriría usar medias de nailon. No servirían. "Este año, la nieve ha cargao bastante los montes y se han quebrao los árboles. Hasta los peces se han enfermao y han muerto", cuenta Enrique Canabiri, delegado municipal de El Angosto.

Para esos fríos implacables, las arañitas kollas tejen a dos agujas chalecos macizos, medias compactas, pulóveres vistosos y gorros con orejeras. Llaman la atención aun cuando la lana mantenga sus colores crudos —blanco, marrón, negro o entrecano, si se mezclan vellones—, o cuando haya sido teñida sólo con tinturas naturales, como el agua donde se hizo hervir trozos de corteza de nogal o de cebil.

"En las caravanas a Salta y a Buenos Aires, por el reclamo de nuestras tierras, algo he enseñao puntos a señoras de Río Blanquito, y ellas me han enseñao a mí —confiesa Flavia—. Es una alegría. A mí me encanta tejer, es mi oficio".

Hacer una trenza para la pollera, por la que pide 15 pesos, le lleva tres días. "Apenas la tejida, sin contar el hilado —aclara—. No resulta vender al pueblo, quieren comprar muy barato". Y prefiere regalar a la cronista una chuspa, pequeña bolsa colgante en la que bordó una llama.

Con el menor de sus cuatro hijos enquispado a la espalda, Marta Canabiri (29) marcha por el sendero que lleva a la huerta comunitaria de El Angosto. Compró el poncho y el picote con que cosió su pollera a tejedores de su pueblo. Pero la guarda del rebozo es obra suya, una franja multicolor bordada en caligrafía gótica, que copió de un libro de religión. Al desplegarla aclara: "Son letras, nomás".

 
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