LA ARGENTINA ABORIGEN - DIARIO LA VOZ (Cordoba)

Córdoba, Argentina, Domingo 23 de marzo de 2003  

Oro verde

Argentina cuenta actualmente con dos formaciones de selva subtropical, que reúnen en conjunto la mayor biodiversidad de nuestro territorio. Una es la selva tucumano-oranense y la otra es la austrobrasileña. Precisamente esta última es la que ocupaba gran parte de la provincia de Misiones y hoy se encuentra confinada en las reservas provinciales y en el Parque Nacional Iguazú.

La selva misionera exhibe árboles de más de 30 metros de altura. En ella, muchas plantas epífitas que cuelgan en las copas y troncos dejan caer sus raíces desde enormes alturas. Pero, y contra lo que se podría suponer, los suelos no son tan fértiles. La excesiva acidificación dificulta los procesos bacterianos y determina la escasez de humus. Con un régimen de precipitaciones torrenciales, la tala abusiva deja expuestos los suelos a un proceso devastador. Así, más de 400 especies de aves, felinos (como el yaguareté y el puma), el zorro, el coatí, el oso hormiguero, y otros animales corren riesgo de desaparecer.

La destrucción del ecosistema puede constituirse en una verdadera tragedia: al no haber selva no se retiene la humedad y no se regula la infiltración de agua en el suelo. Se acelera así la erosión y posterior desertificación. Por consiguiente, se destruye el hábitat y refugio de la fauna silvestre al eliminarse las especies arbóreas, muchas de ellas endémicas. Y sin selva los guaraníes quedan sin tierra. Y sin techo. “Si continuamos sin escuchar a Ñanderú Papa’i y no respetamos lo que Él nos dio (el monte, la tierra) Él enviará a los dioses de la Naturaleza para que destruyan todo y va a poner en nuestro lugar a otra gente nueva que cuide a Yvy (la Tierra)”.

“Anticamente (sic), a la mañana temprano, nosotros salíamos de Oo (la casa) cuando salía Kuaray (el sol). Kuaray nos cuida para que plantemos, para que las cosas crezcan, para que estemos bien y para que podamos viajar en busca de alimentos. Peregrinábamos a otro lugar cuando algo nos empezaba a faltar. Pero ahora ya no se puede hacer porque los Juruá (occidentales) ocuparon todas las tierras y nosotros no podemos ubicarnos en ellas. Ahora falta todo. Los obrajeros sacaron toda la madera y espantaron a los animales. Y no sabemos dónde ir porque ya todo tiene dueño. Anticamente (sic), cuando nosotros teníamos hambre, íbamos al monte y buscábamos alimentos, pero ahora falta todo. Ñanderú Papa’i creó a Yvyjú (la tierra amarilla) estéril y árida. Pero a medida que los árboles, las piedras y las personas fueron entrando en ella, se formó la Yvy Pyta (la tierra colorada). Todo se transforma en tierra colorada. Cuando morimos, el cuerpo se transforma en Yvy Pyta y el alma se va a Ñeeambá, que está en el norte. Cuando una mujer está embarazada esa alma vuelve y por eso, cuando nace un niño, a los nombres los pone el cacique, porque Ñanderu Papa’i nos da el mismo nombre en todas las vidas cada vez que nacemos”.

Los guaraníes han vivido siempre de la tierra y dependen de los recursos de la selva. La pérdida del bosque y de la selva está siendo una tragedia: Mientras el hombre blanco va al supermercado, el pueblo guaraní va al bosque pluvial en busca de especies de plantas y animales que les proveen su alimento básico, remedios caseros extraídos de las plantas, materiales de construcción y textiles. La selva es su hogar. Sin embargo, a la primera conquista que sufrieron, la del exterminio, siguió el despojo de sus tierras. Ellos no tenían nada que ofrecer, ni oro ni plata, pero sí podían ser “cazados” como esclavos por los bandeirantes. “Los jesuitas de algún modo los protegieron, pero no respetaron su modo de vida. Cuando los blancos se dieron cuenta de que su riqueza era verde, le siguió la invasión de sus selvas y tierras que llega hasta hoy. Ahora subsisten a duras penas, amenazados por la penetración de sectas religiosas y el consumo de alcohol que aprendieron del contacto con los blancos. “Nosotros no queremos ayuda de los blancos y los occidentales. Lo que pretendemos es que nos devuelvan nuestras tierras que nos robaron, que no nos sigan talando la selva. Tampoco queremos ni plata ni trabajo ni ayudas de los blancos, absolutamente nada. Ellos vienen acá para curiosear y nada más, y no nos ayudan en nada. No queremos limosnas. Somos herederos de una cultura milenaria”. Sus rostros parecieran traslucir la experiencia imborrable de haber sufrido y seguir padeciendo este abuso, pero también la altivez de su dignidad, que nadie les ha podido quitar. Se nota en su andar, en su forma de sentarse derechos en contacto con la tierra.

Erosión cultural

“Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan...” (Constitución Nacional en su artículo 75 inciso 17).

Sin embargo, las selvas siguen devastándose y las manchas de suelo rojo se expanden al compás de los camiones. El medio natural continúa desapareciendo y el milenario equilibrio ecológico establecido entre los guaraníes y su suelo se esfuma también. Esta degradación espacial se agrava más aún cuando al “paisano”, acorralado, se lo empuja a emigrar. En las grandes ciudades, lejos de acogerlo, se lo margina y segrega.

Los guaraníes sostienen que la poderosa empresa forestal El Moconá Forestal S.A. continúa con el excesivo apeo de árboles. Sienten que los están expulsando. “Desde 1999, ellos arrasan la selva con máquinas y vehículos pesados, abriendo picadas, construyendo viviendas para explotar los bosques. No necesitan amenazarnos, saben que si nos talan el monte nos vamos solos de este lugar. Están sacando madera a 500 metros de la aldea. Cada vez son menos las selvas donde podemos desplazarnos. Nos estamos quedando sin remedio y sin comida. Primero nos querían dar 30 hectáreas; ahora nos ofrecen 200. Desconocen que no sólo atacan la naturaleza, sino que avanzan sobre lugares sagrados”.

Esta situación es conocida por el Estado provincial de Misiones, pero ni el Ministerio de Ecología ni otras dependencias gubernamentales han hecho nada al respecto. Los intereses económicos se las han ingeniado como para que la norma escrita, en lo posible sea sólo eso. A los guaraníes se los mata socialmente. Recuerdo el ejemplo catastrófico de Madagascar. Cuando aterrizaba, desde la ventanilla del avión entreveía una inmensa tierra también roja, un altiplano monocolor. Aquella lejana isla de África se encuentra herida por profundos valles circundados por un espeso verde, por donde corren ríos rojos, como si fueran ríos de sangre. Semejan heridas en carne viva de una tierra que alguna vez fue una frondosa selva. Madagascar ha sido desertificada de manera irreversible. Ejemplos sobran. ¿Seguiremos con el desmonte masivo e indiscriminado? ¿Qué estrategia podría satisfacer la necesidad inmediata y la protección ambiental a largo plazo?

Los guaraníes padecen invasión territorial, destrucción biológica y desintegración cultural hasta nuestros días. Pero no son un pueblo del pasado, guardado en las piedras de las construcciones de San Ignacio y en los museos. Hoy siguen vivos. “Nosotros estamos hechos del árbol más duro y nuestra sangre es la más fuerte”. Los guaraníes nos enseñan su cultura espiritual, de moderación en todo. De compenetración absoluta con la Naturaleza:

Ka Aguy ore mba´e, Yvy ore mba´e,

Yy ore mba´e.

Ñanderu Oeja Mavy, Pangue´i Jaicoi Anguá

“Monte nuestro, tierra nuestra,

agua nuestra.

Ñanderu déjanos todo esto para vivir”.

 
diseño · pagina diseñada para una resolución de 1024 x 768 · requiere para su navegación