LA ARGENTINA ABORIGEN - DIARIO LA VOZ (Cordoba)

Sitiados por el “progreso”

“Los blancos nos mutilaron, disfrazándonos con ropas extranjeras, abusaron de las mujeres, y nos obligaron a aprender la lengua y la religión que es ajena a la nuestra. Ahora pedimos al gobierno, a una empresa privada, y a un terrateniente que nos devuelvan una porción de la tierra. Pero nos niegan y nos vuelven la vida cada vez más difícil. A pesar de todo esto, estamos aquí con nuestras costumbres, y nuestra religión. No han podido hacer desaparecer nuestra forma de alabar a Dios Tupa”.

“Cuando desaparece la selva, la caza y la pesca y la recolección se acaban. Lo único que nos queda es realizar artesanías e ir a vender al pueblo o cambiar por mercadería o vender en la ruta para que los turistas compren alguna. Pagan una miseria, pero tenemos que vender, sino no comemos”, concluye Karai Mirí.

Día y noche, cuando el río Uruguay está bajo, se escucha el tronar incesante de los Saltos del Moconá que, con sus tres mil metros de frente precipitan las aguas en una caída que ronda los 10 metros de altura. Su tradicional medio de comunicación ha sido precisamente este río. Ellos se trasladan en caicos (botes de madera de fabricación casera que construyen ahuecando un tronco) hasta El Soberbio, la localidad más cercana, distante a unos 80 kilómetros al sur.

Los guaraníes son personas sencillas, reservadas, silenciosas, casi melancólicas. Hacen sus comidas basadas en el maíz así como sus viviendas de chozas. Forman una cultura con sus reglas propias. Conocen con profundidad la exuberante naturaleza que los rodea.

“La tierra es como nuestra casa, nuestro lugar. Allí comenzamos nuestro modo de ser, allí crecen nuestros hijos, allí morimos. Nuestros abuelos, desde siempre, nos dicen qué valor tiene. No nacemos para ser ricos sino para ocuparnos como Mbya de cómo vamos a terminar. Y la tierra es un modo de cuidar la cultura. Allí escuchamos a la mañana y a la tarde lo que Dios quiere de nosotros. Dios es cada árbol, cada pájaro, cada nube que pasa por el cielo”.

“¿Porqué la tierra vale para nosotros? Porque es para dar de comer a nuestros hijos. Si no encontramos miel, la pedimos para que Dios nos la mande y nos acordamos de Él. Sólo del monte conseguimos lo que nos hace falta: los remedios que nos dan salud y nos salvan de la muerte. Por eso la tierra nos posibilita vivir. Los blancos usan plata para solucionar sus problemas. Pero nosotros encontramos todo en la selva. Nosotros no tenemos plata. Cada hojita tiene valor para nosotros”.

“Nosotros queremos nuestro lugar para nuestros hijos, para los remedios, para la tos, para enseñarles a sacar material para las artesanías, no para vender los árboles: tacuá, kachiguá, guambepí. Todo lo que necesitamos lo encontramos allí. Con 200 hectáreas no nos alcanzaría para todo esto. Para no perder nuestro modo de ser, no la de ser ricos. Queremos que se nos reconozca todo esto, para que nadie más nos joda. Nosotros los mbya no nos podemos olvidar de nuestro modo de ser, el que Dios nos dio. Por eso luchamos por la tierra. Cuidamos a nuestra familia, a nuestros nietos. Tenemos esperanzas y no importa que seamos poquitos en la aldea”.

“Queremos que nos demarquen la tierra. Nuestro mayor problema es que nuestra tierra no está asegurada, no tenemos título. Los blancos nos atacan por esto. Que el gobierno reconozca verdaderamente este problema de años de lucha. Y como segundo, para que los blancos nos crean, necesitamos ese papel (título). No nos respetan a pesar de los derechos reconocidos por leyes nacionales e internacionales que no se cumplen. No tenemos participación. El gobierno no nos reconoce espacios de diálogo. Nunca vi que mi abuelo se encuentre con el gobierno para expresar nuestras necesidades. Esto nos quebranta, porque el tiempo pasa y no tenemos resultados. No podemos andar o vivir como queremos. No podemos estar bien, no podemos vivir tranquilos. Tenemos problemas, no nos dan educación, ni salud por más grande que es nuestra tierra”, agrega.

Ellos han vivido una vida particular, tranquila, armónica con el medio. No hay nada de confort que no sean las sombras de los árboles. Acá todo es verde, salvo el pedazo de terreno alisado que rodea a las chozas. Las escasas viviendas son ranchos de adobe (a diferencia de las viviendas de los hacheros y colonos, que son levantadas totalmente con maderas que brinda la selva, incluso las tejas). Construidas con planta rectangular, techos de dos aguas de tacuaras, muestran su armazón de varas y cañas. Son viviendas rústicas que se integran en el paisaje como si formasen parte de él, tanto por su colores como por sus formas, armonizando con el medio. El entramado de las paredes de caña y palos se rellena con adobe amasado con paja y estiércol y ya muestra su antigüedad: las fuertes lluvias lo han desmoronado y en algunos sectores aparece la estructura superficial.

Las aberturas, de reducidas dimensiones, son escasas porque las actividades cotidianas son regidas por el curso del sol y se realizan prácticamente al aire libre, con la sola protección de algunos árboles próximos. La vida transcurre fuera de la casa y todo debe hacerse durante el día. Se recurre a ella sólo para dormir o en los días de lluvia. Apenas si en su interior se encuentran los escasos bienes: algunos trapos para ser usados como colchón. La cocina, adosada al frente de la vivienda, se reduce a un simple fogón de troncos dispuestos circularmente sobre los cuales se asientan los ennegrecidos utensilios. El humo escapa por todos lados. Las instalaciones sanitarias no son otra cosa que el propio monte que los rodea.

 
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