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Sociedad / Viernes
12 de enero de 2001
INVESTIGACION DE
CLARIN 6ª PARTE/ LOS PUEBLOS INDIGENAS: DIFICULTADES PARA EXPLOTAR LAS
TIERRAS
Los pilagás, sin
agua y cercados por el desmonte
No tienen cómo regar
sus cultivos. A causa de la tala, ya no pueden vivir de la pesca y de la
caza de iguanas y de corzuelas. Los adolescentes quieren quedarse y
estudiar, pero todos tuvieron que abandonar el secundario.
Por SIBILA CAMPS Enviada
especial a Formosa.
"Antes había mucho río, mucho pescado, monte propio. Comían la
comida natural. No conocían yerba, harina, galleta, pan —recuerda
Delfín García, cacique de la comunidad pilagá Campo del Cielo—.
Pero ahora se está poblando: hay mucha gente que tiene plata y compra
tierras y se va achicando lo fiscal. Entonces los jóvenes dijeron: ''Ya
que no tenemos dónde mariscar, vamos a estudiar y a explotar
nuestra tierra''".
Asentada a 36 kilómetros de Las Lomitas, Campo del Cielo es una de las
15 comunidades pilagás de Formosa, todas dueñas de sus tierras.
También, una de las muchas que, por estar cerca de una zona urbana, han
visto consumirse el monte. Y a cambio, sólo recibieron la resaca
de la civilización.
"Hay poca gente que se dedica a la pesca. Hay familias que ya no
van a mariscar corzuela o iguana. Esos chicos ya no comen las cosas del
campo. Pero la forma de vivir de las personas es igual: uno no ve ni
una casa de material", precisa Carlos Montoya, el auxiliar
docente bilingüe pagado por la propia asociación comunitaria.
Las mejores viviendas son ranchos de enchorizado y, como símbolo de
progreso, la canaleta de lata que bordea el techo de chapa y recoge
el agua de las lluvias en un tanque. Montoya señala la excepción:
"Esas casitas de madera fueron de algún político. Iban a ser 35
pero nos entregaron sólo diez, hace como un año. Nos mintieron".
El agua, eje de la vida de los pilagás durante siglos, es ahora su
desvelo. También el de las organizaciones no gubernamentales de la
región que, en conjunto, emprendieron proyectos para dotar de pozos
y molinos a comunidades pilagás y wichís de Formosa.
Las huertas familiares dependen del cielo. Si las lluvias tardan, las
hortalizas y los melones se quemarán con los 50° que hace en verano.
Si son copiosas, desbordarán los esteros y anegarán los pequeños
cultivos. Sobreviven los chanchos, de 10 a 15 por familia, que
las carnicerías se llevan en diciembre y pagan con provisiones. Y los
mosquitos, mantenidos a raya con tortas de bosta seca a las que
se prende fuego.
A veces, el agua termina con el trabajo de años, de comunidades que
intentaron otra vía de subsistencia. "Teníamos 450 cabezas de
ganado criollo y este año se fundió con la creciente. Los
alambres se hicieron pedazos, murieron todos los animales",
recuerda Montoya.
"Cuando atajaron a la naturaleza, al Pilcomayo, quedó un
espejo de agua de 14.000 hectáreas —explica el cacique—. Hicieron
un canal para traer agua al pueblo pero nadie aprovechó: no llega
agua. Nosotros tenemos dos campos de 2.000 hectáreas, y en uno, el
bañado ocupó el 70 por ciento. En vez de invertir para que haiga
producción en la provincia, perjudicó a muchos pobladores. Ahora
abrieron, dejaron salir el agua, y hay mucha parte seca".
En Campo del Cielo se ilusionan con volver a empezar. "Vamos a
hacer corral, potrero, dormidero —proyecta García—. Las mujeres ya
saben ordeñar las vacas, dar leche a los chicos, hacer quesillo".
Durante el invierno, algunos hombres son empleados por las carbonerías.
Y en el verano, los colonos los contratan en las plantaciones de sandía
y de zapallo. "Pero ese trabajo no es para todo el tiempo",
aclara el cacique. "Y las mujeres nuevas ya no quieren
dedicarse a la artesanía", acota Montoya (ver Manos mágicas).
Sin becas escolares
Para conseguir changas, seguir tratamientos médicos o hacer trámites,
muchos pilagás se han acercado al pueblo. Sus barrios de emergencia
son lo que los médicos del hospital de Las Lomitas llaman comunidades
periurbanas, peor nutridas que las que viven en el monte, donde
pueden juntar algarroba.
En esas viviendas precarias también se alojan los chicos que cursan el
secundario en Las Lomitas. Mejor dicho, que cursaban, ya que los 73
adolescentes pilagás debieron todos abandonar las clases: este
año, el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas apenas ejecutó, en
todo el país, el 40 por ciento de las becas escolares de 66,50 pesos
mensuales.
"El gobierno se comprometió a apoyar a estos chicos. Ocho meses
aguantaron ellos, pero ahora no tienen crédito ni calzado —se queja
García—. ''Pasamos vergüenza, no podemos pagar la cuenta'',
dicen." En todas las escuelas secundarias públicas de Formosa se
exige uniforme, con corbata y zapatos.
"Este año vino la helada más grande y todos al lao del
fuego porque no tienen frazada. Nos estamos muriendo de hambre, hay
desnudeces. Pero no nos vamos de aquí porque los hermanos wichís y
pilagás somos de esta tierra —afirma el cacique—. Los
jóvenes tienen ganas de quedar y de estudiar, porque se dieron
cuenta, ése es el camino. Pero a los pueblos indígenas los marginan:
en Las Lomitas no abrieron la escuela de formación docente, y ahí
quedamos. Quedan nuestros chicos con ganas de seguir estudiando".
COSTUMBRES
En el sexo mandan ellas
"En
la cultura pilagá es la mujer quien propone sexo. Los
padres no tienen autoridad sobre las chicas, no pueden impedirles salir;
nunca se reta a un niño ni se le prohíbe nada. Y cuando las chicas van
a las fiestas criollas, al baile del blanco, se produce un choque
cultural donde el alcohol hace desastres", explica Lucía Dri,
jefa de atención primaria de la salud del hospital de Las Lomitas.
El debut se produce a los 10 u 11 años y la libertad es absoluta
hasta el primer embarazo, unos dos años después. Entonces, la pareja
suele afianzarse y mantiene abstinencia sexual hasta que el bebé
camina.
Ante las madres-niñas que sufren frecuentes problemas de eclampsia
—una hipertensión que puede causar la muerte del feto—, los
médicos iniciaron un programa de procreación responsable.
"Les regalábamos profilácticos y nos los devolvían —cuenta la
doctora Dri—. Se les provee de anticonceptivos orales y se les
explica cómo tomarlos. Cuando no entienden, se les traduce".
La clave fue formar a promotoras de salud indígenas que
facilitaron el diálogo, ya que "a las mujeres les daba vergüenza
que el traductor fuera un varón", señala Dri.
Los médicos se ganaron de a poco la confianza de los pilagás. "Al
principio se respetó que el parto lo hiciera la partera de la
comunidad —cuenta la doctora—. Luego se capacitó a agentes
sanitarios indígenas, quienes ayudaron a ver la ventaja de un parto
institucional. Ahora hay un alto porcentaje de partos hospitalarios,
porque están convencidos de que eso ayuda a evitar la muerte".
Loro
que habla, deja ganancias
El
crespín repite hasta el hartazgo sus dos únicas notas, con una
exactitud de metrónomo que no logran descompaginar las explosiones
bochincheras de loros y cotorras. Por estos días, los loros habladores
tienen mucho trabajo: en los huecos de quebrachos, palos santos y palos
borrachos están criando a sus pichones. También los pilagás están
ocupados, trepando con sogas y arneses hasta a 10 metros de altura, para
tomar pichones que serán exportados.
"La gente se pone contenta cuando llega la campaña de los loros.
Es nuestra esperanza más segura: en Campo del Cielo, el año pasado
vendimos 80", afirma Carlos Montoya. Se trata del Proyecto Elé
("loro" en pilagá, wichí, toba y chorote), implementado por
la Dirección Nacional de Fauna. Funciona desde 1997 en Formosa, Salta,
Chaco, Santiago del Estero y Jujuy. De las 197 familias que participan,
más de 70 son indígenas.
El loro hablador corre peligro por la tala clandestina y el desmonte
para cultivos. Además, los indígenas habían olvidado cómo hacer
sogas y trepar, y preferían voltear árboles para vender pichones a los
"loreros": 4 a 7 pesos el ejemplar.
Con el Proyecto Elé se reduce el contrabando y se controla que la
extracción sea sustentable. Indígenas y criollos reciben de la
Dirección de Fauna sogas, arneses y alimento para las aves, que los
acopiadores les compran a 30 pesos por pichón. A su vez, los
exportadores deben depositar 50 pesos en una cuenta, con la que este
año empezará a mantenerse una nueva reserva provincial en Fuerte
Esperanza (noroeste de Chaco).
Sólo
16 comunidades
Los
españoles hallaron a los pilagás en el centro del Gran Chaco.
Parientes lingüísticos de los tobas y de los wichís, compartieron con
ellos el nomadismo propio de los pueblos que viven en el monte, agravado
por la búsqueda de agua, las luchas con los macás (hoy extinguidos),
la guerra entre Bolivia y Paraguay (siglo XIX), y las persecuciones de
la Gendarmería argentina (siglo XX). Hoy en día sólo quedan 16
comunidades, en el centro de la provincia de Formosa.
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