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nota Wichi, Pilaga: la resistencia
LA
NACIÓN /
sección Revista | fecha de publicación 05.11.2000
LA ARGENTINA ABORIGEN
Wichí,
Pilagá: la resistencia
Se calcula que unos 80.000 integrantes de la comunidad viven en Salta,
Formosa y Chaco. La Revista estuvo por unos días bajo el mismo sol
abrasador con los aborígenes de Formosa. Esto es lo que vio
Según estimaciones del Ins- tituto Nacional de Asuntos Indígenas
(INAI), viven en la Argentina 858.500 aborígenes, lo que representa el
2,32 por ciento del total de la población.
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Formosa, con 140.000 nativos -el 27,77 por ciento del total de sus
habitantes- es, en porcentaje, la provincia con más presencia indígena
en el país, aunque no la de mayor cantidad de etnias, que le
corresponde a Salta, con siete.
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A falta de un censo que establezca fehacientemente su población, se
suman las investigaciones de los antropólogos, cuyos resultados
difícilmente coincidan. De ahí, entonces, la imprecisión de las
cifras.
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La antropología divide por regiones y subregiones la presencia de estos
pueblos. Aunque con matices, según el método de trabajo del
investigador, esas zonas son comúnmente señaladas como: Fueguina, Gran
Patagonia, Cuyana, Central, Mesopotámica, Chaqueña y Noroeste.
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"La región chaqueña -sostiene la investigadora cordobesa y
descendiente de indígenas Mercedes González- fue bastante prolífica
habida cuenta de la cantidad de grupos que alberga: los guaycurúes, que
se constituyeron con varias etnias: abipones, del Chaco oriental y
Santiago del Estero; mocovíes, del Chaco santafecino; pilagás y tobas,
en Chaco y Formosa. Los wichis, mal llamados matacos, en Chaco y
Formosa; los tonocotés, en Santiago del Estero, Tucumán, sur de
Formosa y norte del Chaco, y los chaguancos, mal llamados chiriguanos,
en el Chaco salteño, pertenecientes a la estirpe guaraní."
Se calcula que alrededor de 80.000 wichis habitan, en comunidades,
distintas regiones de Formosa, Salta y Chaco. Junto con los chulupíes y
los chorotes, integran la familia lingüística mataco-mataguayo. La
callada resistencia del pueblo wichi a lo largo de su historia, se
refleja hoy en esos números. Los chulupíes y chorotes, en cambio, dan
muestra de su dura, y más callada todavía, supervivencia: sólo quedan
entre 400 y 1200 ashuslay, como los denominan algunos investigadores, o
nivacle, como se llaman los chulupíes a sí mismos, y entre 900 y 2000
chorotes o si´lijwas, tal su propia denominación.
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Wichis, tobas y pilagás se reparten, en ese orden, el territorio
formoseño.
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Hacia el siglo XVI, cuando la conquista, nuestros pueblos originarios
conformaban comunidades complejas y vivían en armonía con su ambiente
natural; cultivaban la tierra, cazaban, recolectaban, pescaban,
comerciaban entre sí y crecían en paz o en un clima bélico, según
las circunstancias.
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"Claro, no eran como los aztecas -dice Carlos Martínez Sarasola-,
pero, al momento de llegar los españoles, eran culturas fantásticas.
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"Todos invocaron a sus dioses -escribió en su libro-, a los
espíritus de la naturaleza, a los dueños de los animales, a sus
chamanes. Pidieron consejo a los ancianos y siguieron a sus caciques.
Honraron a los muertos. Enseñaron a sus hijos los secretos de la
comunidad. Jugaron. Amaron. Odiaron. Fueron en algunos casos solidarios
y dignos; en otros, mezquinos o sanguinarios."
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Fueron hombres que vivieron una vida plena.
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"Nuestras culturas originarias vivieron afanosamente. Con cada
salida del Sol, la vida comunitaria volvía a ser posible y el destino
colectivo era un proyecto por el cual valía la pena ser un hombre de
este lugar del mundo.
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"Pero un día el Sol se detuvo. Y todos quedaron inmóviles. En
algunas regiones los vieron; en otras, más adentro del continente, los
presintieron: habían llegado otros hombres, de otras tierras, desde muy
lejos. Habían venido hasta ellos. Eran extraños y traían artefactos
desconocidos. Algunos transportaban la muerte. Otros, simbolizaban
dioses; hasta traían animales jamás vistos. Hablaban otra lengua.
Tenían otro color de piel. Y otra vestimenta. Y otra forma de caminar.
Venían desde más allá de las aguas interminables. De otro mundo. Y
continuaban viniendo.
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"Habían llegado hasta ellos, irremediablemente, a quedarse para
siempre."
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Nuestro continente iba a ser testigo de un genocidio sin igual, con la
matanza de entre 70 y 90 millones de indígenas.
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En lo que hoy es el territorio argentino, se supone que al comienzo de
la conquista estaba habitado por alrededor de un millón de nativos. Si
bien no existen datos confiables de cuántos fueron muertos, sí se sabe
de la desaparición de pueblos enteros a causa de las matanzas, la
esclavitud o por enfermedades desconocidas hasta ese momento.
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Entre las culturas extinguidas, se mencionan: atacamas, diaguitas,
omaguacas, tonocotés, comechingones, sanavirones, abipones,
lule-vilelas, pehuenches, chaná-timbúes, charrúas, caingang, yámanas
y alakaluf.
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El departamento de Ramón Lista, en el noroeste formoseño, alberga a
las comunidades indígenas acaso más tradicionales del país. Supieron
mantener sus costumbres a lo largo del tiempo, como hablar en su propia
lengua, andar descalzos, comer en el suelo, enterrar a sus muertos cerca
de sus viviendas, y las mujeres, cuando enviudan, afeitarse la cabeza y
no volver a unirse con otro hombre jamás.
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El wichi es un pueblo de monte, aunque también ocupa las periferias de
las ciudades, como Ingeniero Juárez, departamento mataco, donde en el
barrio obrero viven alrededor de 1500 aborígenes.
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Formosa, con todos sus contrastes, fue, sin embargo, la que más se
ocupó de sus nativos. En 1986, bastante antes de la reforma
constitucional, mediante la ley 426 de protección al aborigen y por
iniciativa del ex gobernador Floro Bogado, recibieron los títulos de
propiedad de sus tierras. En este aspecto, Formosa tiene de qué
enorgullecerse: el 81 por ciento de sus comunidades tiene título de
propiedad, a diferencia de otras, como las de Neuquén, que sólo
alcanza al 4 por ciento.
No obstante, grandes extensiones son tierras marginales, con montes
deteriorados por la tala indiscriminada y con escasez de agua y fauna
autóctona.
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Los wichis practican la recolección de frutos y miel del monte, la caza
y la pesca. Hay quienes trabajan en los obrajes madereros, en desmontes
o en las cosechas temporales de campos que no les pertenecen.
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El progreso en materia educativa (ver aparte) contrasta con el deterioro
de la salud, en general. Las enfermedades respiratorias, la parasitosis,
la desnutrición y la tuberculosis golpean fuerte a los niños. "Si
tengo que comparar la actual situación con la de diez años atrás,
tengo que decir que estamos mejor -explica Hilda Palomo, enfermera de
lote 8-, pero la necesidad es tan grande que por más que se haga, nunca
alcanza. El gran problema acá es la falta de agua. Los tanques los
tenemos, pero no contamos con una planta potabilizadora, como la que
funciona en María Cristina, una comunidad vecina."
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En lote 8 hay un promedio de once nacimientos mensuales, con un récord
que alcanzó los veintidós partos, en agosto de 1999. La mayoría de
los nacimientos se produce en las viviendas -rara vez acuden al
hospital-, con la ayuda de una partera aborigen.
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"El déficit de infraestructura es muy serio -comenta Carlos
Herrera, de 30 años, uno de los maestros de la Escuela 34, de Lote 8-.
No tenemos agua corriente; un camión cisterna nos abastece dos veces al
mes, llenando los aljibes. Tampoco contamos con un hospital bien
equipado y la televisión llegó hace apenas dos años. En toda la
comunidad debe de haber dos o tres televisores, nada más."
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"A esta escuela concurren alrededor de 110 chicos -explica Esteban
Vargas, de 25 años, el otro maestro-, y de primero a tercer año la
educación es bilingüe, gracias a los memaes que nos ayudan. Los chicos
wichis son muy libres... Después de cumplir 13 o 14 años, comienzan a
hacer su vida, separadamente de sus padres. Se casan muy jovencitos,
siendo ésa la principal causa de deserción escolar; arman sus propias
familias y muy pocos, en realidad, podrán cruzar la barrera y
progresar."
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El presupuesto de la Escuela 34 para alimentar a los niños wichis es de
9 pesos mensuales por alumno. El desayuno consiste en mate cocido; mate
cocido con pan para la merienda, y fideos, guiso o maíz molido en el
almuerzo.
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Otro maestro, Antonio Ricarte, de la comunidad de El Breal, en el
límite con Paraguay, además de llevar ya tres años esperando que le
reconstruyan la escuela que le arrancó la inundación de 1997, y hasta
que eso suceda seguirá dando clases debajo de los árboles, cuenta:
"En estos lugares, el maestro debe hacer de todo: tiene que
enseñar, conseguir agua, curar si algún chico se lastima, darle
comida... Pero, ¿sabés qué es lo peor de todo? A mí no me faltan
libros ni cuadernos: lo que no tengo es escuela. En estos últimos tres
años han venido ministros, arquitectos, funcionarios y todos me
prometieron la escuela. Dicen que ahora me la van a construir, pero
nosotros seguimos dando clases como en 1810, debajo de los
árboles".
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En el centro de uno de los tres pizarrones, atado con alambre a un
poste, un agujero del doble del tamaño de una pelota de fútbol
muestra, como un símbolo cruel, la realidad de la enseñanza en tierras
aborígenes.
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Ricarte fue elegido maestro del año en 1994. "Me acuerdo que
cuando me otorgaron esa distinción, yo dije que antes no tenía nada y
ahora lo tengo casi todo. Hoy, después de la inundación de 1997, donde
lo único que pude recuperar fueron algunas chapas y unos cuantos
ladrillos, digo que antes tenía casi todo, y ahora no tengo nada."
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El maestro confía en que el Proyecto Dirli-Formosa no se detenga, y
así recuperar lo único que le hace falta: cuatro paredes y un techo.
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El Desarrollo Integral de Ramón Lista (Dirli) es un proyecto conjunto
entre la provincia de Formosa, el Estado nacional a través del INAI y
la Comunidad Europea para la construcción de viviendas y suministro de
agua potable. De a poco, muchas de las viviendas de barro y paja se van
reemplazando por las de material, construidas con una mezcla de adobe y
cemento, y techos de chapa acanalada.
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Otros subprogramas, como el de incentivar la apicultura, la
forestación, la artesanía y la horticultura están en ejecución y,
aunque mínimamente, generan trabajo en las comunidades. Sobre un total
de 44 horas semanales trabajadas en promedio, 30 horas son pagadas
mediante el Plan Trabajar y 14 horas semanales son aportes voluntarios
no remunerados.
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Un trabajador wichi cobra, en promedio, 160 pesos mensuales. Lo que no
es poco para ellos. Jalio Méndez, el cacique de Lote 8, así lo dice:
-No será lo ideal, pero al menos tenemos algo. Algunos de nuestros
hermanos están cobrando sueldo como los blancos. Son pocos, pero... al
menos, es algo. Ahora, en Lote 8, hay tres hermanos wichi, entre los 400
que vivimos aquí, que cobran sueldo. Yo creo que con el tiempo, vamos a
mejorar. Nos hace falta el agua potable, y la electricidad, y tratar de
que nuestras artesanías se vendan a buen precio en lugar de que nos
paguen con bolsas de azúcar o harina. Pero tenemos que ser pacientes,
como siempre...
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El 60 por ciento de la población wichi, lo mismo que los pilagá, está
volcada a la religión anglicana. El anglicanismo llegó a estas tierras
en 1914, cuando un grupo de misioneros fundó la primera iglesia en
Misión Chaqueña, en Salta, cerca de Embarcación.
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Cada comunidad tiene su cacique y su presidente de asamblea anglicana.
Festejan la Navidad y conmemoran la Semana Santa y, a partir de ese
acercamiento con la Iglesia, sumado al trabajo de los médicos y agentes
sanitarios, empezaron a rechazar a los brujos -que ya no quedan-, pero
no así a los curanderos, que los wichi dividen en dos clases: los
compositores de huesos y los que curan en secreto.
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Mario Mariño, chaqueño, de 67 años, es desde 1975 el obispo anglicano
wichi de Formosa, Salta y Chaco.
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-Durante los primeros siete años -explica-, los misioneros convivieron
con los wichis sin poder convertirlos al anglicanismo. En 1922, lograron
que cinco wichis se incorporen a nuestra iglesia. Hoy, sin embargo,
contamos con más de cien congregaciones entre tobas, wichis y chorotes.
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A diferencia de los tobas, los wichis son la base del anglicanismo en la
región.
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-Nosotros estamos muy cerca del catolicismo, mantenemos una amistad muy
estrecha. Pero hay otras iglesias, como la pentecostal, la bautista, la
Asamblea de Dios, que no quieren ni saber lo que es la doctrina
católica.
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En las comunidades donde se entremezclan aborígenes con criollos, no
hay discriminación. Pero no ocurre lo mismo en los asentamientos
urbanos, como el de Ingeniero Juárez, por caso.
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-¡Claro que hay racismo! -sostiene, con firmeza, Mariño-. En los
hospitales hay racismo, en la policía hay racismo. Por ejemplo, si el
paisano va al juez para buscar ayuda, y si viene otra persona pudiente y
blanca, el juez va a atender primero al blanco pudiente. Hay más
médicos que antes, pero no todos son buenos. Tratan de disimularlo,
pero se los nota incómodos con los aborígenes. Hay maestros, médicos,
ingenieros que van y vienen, van y vienen. No les gusta mucho. Se van
enseguida... dicen que es por el calor, por la tierra, qué sé yo...
pero se van... Al blanco no le gusta estar acá.
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Lote 8, María Cristina, El Breal, Santa Elena, Palmarcito, El Chorro,
Campo del Hacha, Tucumancito, son algunas de las noventa comunidades
wichi de Formosa que resisten, con la paciencia encallecida, debajo de
un sol impiadoso que vomita fuego y agrieta las calles de tierra,
convirtiéndolas a muchas de ellas en arenales intransitables.
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Pero es su tierra, al fin.
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Para el aborigen, la tierra es su cultura, su espacio y su mundo. Es el
lugar donde descansan sus muertos, donde crecen sus hijos y donde
escriben su historia.
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La tierra es de ellos; nunca dirán mía o de él, dirán nuestra. El
aborigen es comunitario.
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Lo que le queda al Estado, o a los estados provinciales, es no sólo
reconocerlo y aceptarlo; también, y tal vez más importante que todo,
abonarlas con elementos que los ayude a tener una mejor calidad de vida.
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Rubaldo Fermín, un wichi de Palmarcito, cercano a Lote 8, lo dice con
palabras escasas, pero claras: -Si no tengo agua, tengo que llevar a mi
familia a otro lugar donde haya agua, como lo vengo haciendo desde hace
años. Entonces, levanto la vivienda y construyo otra en otro lugar...
pero no tengo conmigo a mis antepasados. En cada vivienda que dejo, dejo
un cementerio. Y así vive uno, buscando agua y dejando a nuestros
muertos en tierras lejanas, olvidadas, sin la posibilidad de
visitarlos... y de rezarles, aunque sea, una oración.
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Texto: Jorge Palomar
Fotos: Daniel Caldirola
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Preservar la identidad cultural
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Por Justo L. Urbieta, corresponsal en Formosa
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Con la construcción de rutas y escuelas se produce el primer hecho
alentador para los aborígenes: el acceso a la educación. Pero el
problema básico ha sido la lengua. Para resolverlo, con el
restablecimiento de la democracia, casi veinte años atrás se crearon
las escuelas de modalidad aborigen -con un traductor nativo como
intermediario entre el español del maestro y el idioma aborigen- donde
concurre. Paralelamente, se crearon en los niveles secundarios las
orientaciones específicas que permitieron la formación de los maestros
especiales para la modalidad -conocidos como memas por las siglas- que
actuaron al comienzo simplemente como auxiliares del maestro blanco.
También se fueron elaborando -y en eso los wichi marcaron la delantera-
los primeros cuadernos de lectoescritura.
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Todo esto, más la organización de los comedores escolares, sirvió
para que creciera la matrícula. Aunque el problema se plantea en el
desgranamiento. Al comienzo, sólo egresaban 18 alumnos por cada 100
ingresos. Ahora, la cifra se elevó a 30.
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El protagonismo docente de los aborígenes evolucionó. Tras actuar
inicialmente como auxiliares, se produjeron hace poco los primeros 111
nombramientos que les permite a los mema estar al frente de las aulas.
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Desde principios de la década del 80, se multiplicaron las escuelas de
la modalidad aborigen. Hay 84 establecimientos para comunidades de las
etnias wichi, toba y pilagá.
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El actual gobernador Gildo Insfrán, en una visita realizada a
principios de 1996 a Israel, observó cómo se encaró la lucha contra
el desierto del Neguev construyendo allí, a sus puertas, la Universidad
Ben Gurion.
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Las zonas despobladas del oeste formoseño comenzaron a ver edificios
modernos, y en Ingeniero Juárez, la principal localidad de las
comunidades cercanas al límite con Salta y Paraguay, se construyó la
escuela más grande del continente para la modalidad aborigen: ocupa
4000 metros cuadrados y su costo fue de 2.000.000 de dólares.
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Los niños y jóvenes aborígenes, además de la docencia, estudian para
peritos en recursos naturales y ecológicos, en recursos agropecuarios y
forestales y en recursos naturales y agropecuarios. Actualmente hay ocho
aborígenes que estudian en la Universidad Nacional de Formosa en
carreras vinculadas con la salud, como enfermería y obstetricia.
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Entretanto, la educación va mostrando los primeros réditos.
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Pueblos nuestros
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Los 5000 pitte´laalé´ecpi, o pilagás, que viven en Formosa
pertenecen al grupo guaycurú. En tiempos de la conquista, era uno de
los tres grandes núcleos étnicos, junto con los matacos y por el
conformado por los lules, tonocotés y vilelas.
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La región oriental del Chaco, desde el norte de Santa Fe hasta el río
Pilcomayo, estaba ocupada en el siglo XVI por un conjunto de tribus
llamadas frentones por la costumbre de raparse la parte delantera de la
cabeza. Estos indígenas formaban, al menos, cuatro grandes divisiones:
los abipones, los mocovíes, los tobas y los pilagás. Pueblo cazador,
pescador, recolector y agricultor, en estos últimos años los pilagás
comenzaron un proceso de organización para la recuperación de sus
tierras. Una de las comunidades más importantes es la del barrio Qompí
Juan Sosa, en Pozo del Tigre, próximo a Las Lomitas. Forman
comunidades, especialmente en zonas rurales, con sus líderes
tradicionales y el reconocimiento de la comunidad. Cuentan con
personería jurídica, y en las escuelas se les enseña primero la
lengua materna y luego el castellano. Su economía, hoy, es de
subsistencia.
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Viven de sus trabajos como hacheros, cosecheros y del trueque o venta de
artesanías. Como todas las etnias, sufrieron un proceso de
aculturación impuesto por la sociedad dominante.
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Diccionario WICHI
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Wichí: gente, personas.
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Ají: reir.
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Chiwolla: buen día.
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Ijuala: sol.
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Inat: agua.
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Iwela: luna.
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Jates: estrella.
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Nawaja: chico o chica.
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Niyat: cacique.
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Ochila: hermano o hermana.
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Ojyak: padre.
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Oko: madre.
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Oyik: adiós.
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Taji: llorar.
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Ujtais: gracias.
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Ele: loro.
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Pioq: perro.
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Ledema: conejo.
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Yawo: mujer.
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Gana-at: cuchillo.
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No-op: río.
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Pegaq: caballo.
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