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Una
aldea que parece una postal de hace 500 años
Textos
y fotos: Pablo Sigismondi. Especial.
“Los
acontecimientos van de prisa, pero los acontecimientos no son más que
la espuma, lo que me interesa es el mar”
Paul Valéry
“La geografía está hecha para abrir los ojos a los ciudadanos”
Paul Claval
Misiones es una tierra que invita a lo mítico. El raro color que tiñe
de sangre sus tierras y las selvas frondosas de cambiantes verdes que
cubren sus cerros, albergan en sus entrañas a un pequeño gran pueblo
que ha mantenido su alma tenazmente, pese a las mutilaciones que ha
sufrido: la aldea guaraní de Tekoa Ymá (“Comunidad Antigua”), a
orillas del río Pepirí Guazú. Inmóvil en el tiempo, el lugar no debe
haber cambiado mucho desde que llegaron los europeos. Puede ser un
testimonio de la forma en que encontraron los conquistadores el actual
territorio argentino. Tal vez estemos en la Yvy Marane’y (la Tierra
sin Mal). Sin embargo, ahí sobreviven poco más de 30 personas. No
tienen ni electricidad, ni teléfonos, ni vehículos, ni agua corriente,
ni caminos, ni nada a lo que nosotros estamos acostumbrados.
La comunidad se sienta en círculo alrededor del fuego. La luz de la
hoguera ilumina las manos abiertas que, con las palmas hacia adelante,
se mueven rítmicamente. Ubicado alrededor del fuego Karai Mirí, el
hijo del cacique, comienza a hablar suavemente, mezclando palabras de
castellano y portugués. “El monte (la selva) Ka’Aguy nos da la
humedad. Si los empresarios sacan toda la selva, Ivaté (el aire) va a
secar y a calentar la Tierra y el mundo se va a terminar: ‘Ñanderú
Papa’i (Dios Supremo) hizo que los pájaros canten para darnos alegría.
Cuando comen y están contentos, cantan. Nosotros ya no cantamos más
porque ya no hay alimentos en el Ka’aguy porque los blancos lo están
destruyendo. Nuestra cultura se está muriendo. Por eso los pájaros ya
no saben dónde van a ir, dónde van a vivir, porque ya no están
quedando árboles. Y nosotros, como los pájaros, tampoco sabemos a dónde
iremos”.
“Cuando se termine el mundo, Pararaca (el mar) va a tapar todo. Por
eso los mbayai-guaraní tenemos que rezar mucho, porque está haciendo
mucho más calor y el mundo se puede terminar”, relata Karai Mirí en
voz baja, transmitiendo una sabiduría ancestral. Él pareciera sugerir
mucho más de lo que dice, como si fuera transmitiendo secretos. El
resto de los habitantes apenas si balbucean palabras en castellano. El
guaraní se conserva como el único medio de comunicación entre ellos.
Tekoa Ymá parece una postal petrificada. En un claro de la selva, una
angosta franja de unos mil metros de largo y no más de 600 de ancho
parece extraída de un libro de historia. Nadie sabe con certeza cuántos
años tiene la aldea, aunque algunos afirman que hace más de 180 años
que ellos se establecieron en el lugar. Sus habitantes vivieron toda su
vida aquí, al lado del río. Esta selva es el lugar de sus ancestros,
su templo. Esa enmarañada mata verde a uno y otro lado, que se yergue
imponente, constituye la Reserva de la Biosfera de Yabotí, de poco más
de 253 mil hectáreas, creada por ley provincial en 1995.
Las Reservas de la Biosfera son áreas que buscan conciliar el medio
ambiente y el desarrollo. Permiten a la población local mantener sus
tradiciones y mejorar su bienestar material a través de políticas que,
sin agotar el capital natural, fomenten el desarrollo. Permiten así
conservar la biodiversidad como fuente de alimentos, medicinas y
materias primas, beneficiando, además, a la comunidad académica y
científica.
En Tekoa Ymá la vida transcurre con la luz del día, en torno a la
siembra del maíz y la mandioca, la caza y la pesca. Los guaraníes no
saben de días feriados ni de Año Nuevo o de Navidad. No conocen de días
patrios porque no tienen escuela ni educación de ningún tipo. Ni
tampoco se sienten argentinos porque ninguno posee documentos, no votan
ni participan en nada que tenga que ver con las instituciones conocidas.
En realidad, da la impresión de que uno se encuentra en otro país y en
otro continente. Los argentinos ignoramos lo que significan los guaraníes
porque formamos una nación en la que los indios fueron casi
exterminados y millones de inmigrantes fueron remodelados para sustituir
a los nativos, para formar una nación “blanca”. La asimetría de
fuerzas durante la conquista y colonia no han desaparecido ni mucho
menos.
“La tierra es de Dios y es de todos y no se puede dividir, no puede
tener dueños. Durante siglos nosotros vivimos como Dios Tupa manda,
recolectábamos frutas, cazábamos animales en la selva para comer y la
vida nos era inacabable. Pero ahora ya no podemos hacerlo más, nos han
acorralado los blancos que se han apoderado de nuestra tierra. Para
nosotros no existían fronteras. Para la ‘sociedad blanca’, la
frontera y la escritura que dice ‘este tierra pertenece a’ es
importante. Para el pueblo Guaraní Mbya, la selva y la tierra es
vida." Ellos tampoco creen que la tierra pueda ser de alguien. El
hombre está de paso, ¿Cómo puede ser dueño?”, afirma Karai Mirí.
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