septiembre 15, 2021

“En la fotografía busco que las miradas se encuentren”

 

Así lo manifiesta Juan María Rosasco, “Juani”, misionero Pasionista, miembro del Equipo Diocesano de Pastoral Aborigen (EDiPA) de Formosa, quien nos abre su mundo a través de la lente de su cámara y de la construcción social que hace con esta herramienta. La historia de Juani junto a los Pueblos Indígenas y la Pastoral Aborigen empieza en 1980.

Con apenas 17 años comenzó a participar en grupos misioneros desde Buenos Aires y más tarde, todos los veranos, viajaba a Formosa; sumó, además, otras visitas de tres o cuatro meses. Desde hace siete años vive en Formosa y trabaja junto al Pueblo Wichí en la zona del oeste formoseño.

GAJOS se acercó a conversar con él sobre sus pasiones: el arte fotográfico y la realidad de las Comunidades Wichí.

– ¿Cómo observa la realidad de niños y niñas Indígenas hoy?

Para las niñas y niños que crecen en su Comunidad rural, en la naturaleza, la vida es juego, es el aprendizaje imitando a los adultos, es una vida muy alegre. La pobreza estructural existe, el Pueblo Wichí nunca fue pobre hasta que empezó a encontrarse con el pueblo criollo, así se despertaron otras necesidades, la economía fue cambiando, ya no es la economía de la recolección, ahora hay que tener plata y tener plata es algo difícil. Esto ha traído pobreza, además el monte ya no tiene la riqueza de animales, de frutas, ni los ríos de peces con los que alimentarse como antes.

 

– Entonces ¿Cómo ve el desarrollo en las Comunidades urbanas o periurbanas?

No es lo mismo la realidad de un niño en una Comunidad rural, que permanece en su tierra, que la de uno que vive en una Comunidad urbana. Los urbanos están más expuestos a todo, a la pobreza, al abandono, a la soledad, a las adicciones, a la educación deficiente, porque ya no tienen la educación del monte y la de las escuelas es muy pobre.

Es abismal la diferencia entre un niño o una niña en el monte y un niño o niña en la ciudad.

 

– ¿Cuándo encontró en la fotografía el canal para evidenciar esas realidades?

Mi historia con la fotografía también tiene muchos años. Empecé teniéndola como un hobby y cuando vivía en Montevideo, en la década de los 90, la empecé a trabajar como una herramienta con jóvenes y adolescentes en situación de calle o de adicciones. Yo era el tallerista de fotografía, hacíamos fotografía tradicional, analógica, blanco y negro; montamos nuestro laboratorio y el taller duraba un año.

La primera parte era aprender a manejar la cámara, buscábamos sobre todo que cada uno tuviera un buen retrato de ellos mismos y con eso trabajábamos la imagen que cada uno tiene de sí. Después abordábamos la mirada de la realidad; salíamos al barrio haciendo captura de fotos, buscando reflejar cómo ellos veían la realidad y la vida. Todo eso terminaba en una muestra que se hacía con una soga y broches de ropa, donde se colgaban, en la plaza del barrio, las fotos tomadas por los chicos.

 

Al mirar su producción se encuentra un dejo de Raota, en sus clásicos blanco y negro, ¿Tuvo alguna formación académica en fotografía o todo fue autodidacta?

 

– ¿Cómo observa la realidad de niños y niñas Indígenas hoy?

Para las niñas y niños que crecen en su Comunidad rural, en la naturaleza, la vida es juego, es el aprendizaje imitando a los adultos, es una vida muy alegre. La pobreza estructural existe, el Pueblo Wichí nunca fue pobre hasta que empezó a encontrarse con el pueblo criollo, así se despertaron otras necesidades, la economía fue cambiando, ya no es la economía de la recolección, ahora hay que tener plata y tener plata es algo difícil. Esto ha traído pobreza, además el monte ya no tiene la riqueza de animales, de frutas, ni los ríos de peces con los que alimentarse como antes.

 

– Entonces ¿Cómo ve el desarrollo en las Comunidades urbanas o periurbanas?

No es lo mismo la realidad de un niño en una Comunidad rural, que permanece en su tierra, que la de uno que vive en una Comunidad urbana. Los urbanos están más expuestos a todo, a la pobreza, al abandono, a la soledad, a las adicciones, a la educación deficiente, porque ya no tienen la educación del monte y la de las escuelas es muy pobre.

Es abismal la diferencia entre un niño o una niña en el monte y un niño o niña en la ciudad.

 

– ¿Cuándo encontró en la fotografía el canal para evidenciar esas realidades?

Mi historia con la fotografía también tiene muchos años. Empecé teniéndola como un hobby y cuando vivía en Montevideo, en la década de los 90, la empecé a trabajar como una herramienta con jóvenes y adolescentes en situación de calle o de adicciones. Yo era el tallerista de fotografía, hacíamos fotografía tradicional, analógica, blanco y negro; montamos nuestro laboratorio y el taller duraba un año.

La primera parte era aprender a manejar la cámara, buscábamos sobre todo que cada uno tuviera un buen retrato de ellos mismos y con eso trabajábamos la imagen que cada uno tiene de sí. Después abordábamos la mirada de la realidad; salíamos al barrio haciendo captura de fotos, buscando reflejar cómo ellos veían la realidad y la vida. Todo eso terminaba en una muestra que se hacía con una soga y broches de ropa, donde se colgaban, en la plaza del barrio, las fotos tomadas por los chicos.

 

Al mirar su producción se encuentra un dejo de Raota, en sus clásicos blanco y negro, ¿Tuvo alguna formación académica en fotografía o todo fue autodidacta?

Me fui perfeccionando como fotógrafo; estudié fotografía en una escuela en Buenos Aires, la de Diego Ortiz Mujica y cuando vine aquí se me cerraban todas las posibilidades, ya no tenía laboratorio, no tenía como trabajar. El desafío que me hizo mi profesor fue el de hacer un registro fotográfico de la vida de las Comunidades, que iba a llevar un tiempo.

Ahí pasé de la fotografía analógica a la digital, desde hace un año fui encontrándole la vuelta, encontrán-dome con la fotografía y ellos. Desde que empezó la pandemia pude dedicarle más tiempo.

– Trabajar fotografía en blanco y negro tiene sus dificultades y obliga a otra forma de mirar, ¿Por qué esa elección?

La fotografía me da una herramienta expresiva, hago fotografía en blanco y negro, no la hago a color. Algunos me dicen “no te sale el color”; sí, sé hacerlas a color, la máquina toma a color, el blanco y negro es una elección. Sin embargo, la fotografía en blanco y negro tiene otro carácter, ya no tiene tiempo, más si uno le da un tono más parecido al sepia.

– ¿Qué busca mostrar en sus trabajos fotográficos?

Lo que busco es mostrar la vida de estos Pueblos más allá del tiempo, en continuidad con un pasado, con un presente. No busco mostrar miseria, no saco fotos de niños con mocos, moscas o lastimados, si bien se ve el dolor en sus rostros, se ven los rastros que deja el frío, las pieles agrietadas, pero busco que no sea un relato fotográfico triste, sino de un Pueblo alegre, vivo, que tiene esperanzas y tiene sueños.

 

– ¿La fotografía, para usted, es una herramienta de denuncia?

Mi fotografía en este tiempo está muy centrada en las miradas, si bien hay otras más amplias, más de contexto, hay mucho de rostros, de retratos. Intento mostrar lo que es sentirse mirado y que las miradas se encuentren, cuando uno se mira ve, ve mucho y estas miradas son miradas que están como gritando “¡mirame!”, “¡veme!”, “¡existo!”, “¡estoy!”, “soy parte de tu país, de tu Argentina”, “soy presente, no soy pasado”.

 

– Sus retratos enfrentan al observador, lo obligan a mirar, ¿Por qué o para qué?

No me gusta la palabra, pero es para descubrirnos, ellos están esperando a que nos podamos descubrir unos a otros. No es la palabra más feliz, porque el “descubrimiento” es una palabra muy triste, pero sí, siento que son miradas que esperan ser vistas y ser reconocidas en sus derechos. Desde hace 500 años nos miran, nos ven, nos observan y muchos esquivan la mirada, no los ven, no los miran, como si no existieran.

Con la fotografía busco que las miradas se encuentren, los mundos interiores de unos y de otros se encuentren con sabiduría, con compromiso, con justicia y sin asimetrías.

 

–  El acceso al agua es un grave problema en el oeste formoseño, ¿Cómo se vive esta  situación?

Las Comunidades tradicionalmente no tenían problemas cuando gozaban de sus territorios amplios. En cada etapa del año, en cada estación, tenían su lugar donde vivir, donde las necesidades se podían cubrir: alimento, abrigo, pesca, caza y agua. Al quedar fijados en un lugar, se rompió esa posibilidad y genera la necesidad de abastecerse desde otros lados.

Hay Comunidades que tienen provisión de agua, pero no hablo de agua potable, porque habría que ver la calidad de esa agua en los distintos lugares; algunas la tienen, otras dependen de camiones aguateros y eso es bastante complicado porque así no siempre cuentan con agua, no tienen en abundancia, no la tienen para los animales, ni para su consumo a veces. Eso hace que sea muy conflictivo el tema del agua.

Algunas Comunidades lo han reclamado con insistencia; el caso más fuerte se ha dado en la zona de Los Carmeños, cerca de Pozo de Maza, son Comunidades que desde hace trece años vienen pidiendo, exigiendo y viviendo de las promesas que les hacen que van a tener agua potable y distribuida casa por casa, mediante red.

El año pasado, cuando se hizo la última protesta -eso lo denunciamos como EDiPA y como ENDEPA- fueron reprimidos por la policía y la pasaron muy mal; algunos de ellos fueron muy golpeados, incluso una persona murió este año y la Comunidad sostiene que fue por los golpes que recibió, ya que tenía las costillas quebradas desde aquel tiempo y nunca se recuperó después de aquella golpiza.

 

Ese fue un caso muy publicitado, ¿Hay otros que pasen más desapercibidos pero no por eso menos importantes?

Para poner otro ejemplo, la Comunidad Fraga depende, para el agua de consumo, de Ingeniero Juárez, distante a 30 kilómetros. El agua es trasladada con camiones cada tanto, les llenan los aljibes y con eso tienen que arreglarse. Varias veces han pedido, para las huertas y otros emprendimientos, un camión del Ministerio de la Producción que lleva el agua para esas situaciones y la han pagado, pero el resultado es que después los encargados del agua potable les dicen: “ya mandamos un camión, no vamos a mandar otro, ustedes están pidiendo agua de más”. Resultado, no pueden producir las chivas, no pueden tener sus granjas ni sus huertas y eso va trayendo pobreza. Es la dificultad de estar asentados de manera fija en un lugar y no tener más territorios amplios donde vivir según sus modos culturales.

– La Constitución Nacional garantiza el acceso a la Educación Intercultural Bilingüe, ¿Esto es una realidad en Formosa?

Con respecto a la escuela, creo que la Educación Intercultural Bilingüe es una gran deuda en Formosa, por lo menos en el oeste, que es donde yo conozco, es de muy baja calidad.

La educación es una de las cuestiones que está en el peor de los mundos posibles, ellos educaban, siempre los Pueblos han educado; educaban en sus culturas, en sus formas y tenían su pedagogía. La pedagogía Wichí está muy vinculada al monte, que es lo que enseña cómo vivir con dignidad. Pero esa relación con el monte se va perdiendo, cada vez más las Comunidades están en la ciudad. En la cultura tradicional, la Comunidad entera estaba atenta a los hijos, a los niños y todos los miraban para que estuvieran bien, que jugaran y permanecieran en armonía. Tenían que cuidarlos de las víboras, del fuego o de aquello que los pudiera dañar. En la infancia se educaba con mucho juego, con palabras muy dulces de las madres, padres, abuelas y abuelos.

Al venir a las ciudades, quedan en las periferias, los chicos no son vistos, no está esa mirada del adulto sobre la vida de los jóvenes y niños. La educación tradicional está complicada, ya no hay un fuego donde se cuenten las historias, a la noche está la televisión y otras cosas.

 

– La pandemia impactó en toda la sociedad, obligó a cambios, la escuela pasó a ser virtual, ¿Qué repercusión tuvo esto en los estudiantes Wichí?

En este tiempo de acompañar a las Comunidades en momentos de pandemia, nos ha tocado, como Centro Barrial Angelelli -donde desempeñamos gran parte de nuestra labor pastoral- apoyar a los chicos que venían para hacer sus tareas, ya que no tienen acceso a internet; unos pocos tienen celular o algunas computadoras que se entregaron, pero las usan para ver videítos, nadie les enseñó a estudiar con ellas.

Acompañándolos puedo decir, como testigo de primera mano, que la educación es de muy baja calidad. Hay chicos de primero o segundo año de nivel medio que no saben sumar, que van contando de a uno, que usan todavía los dedos. No son capaces de resolver multiplicaciones o divisiones, en materias como inglés copian cosas, pero sin entender, sin que alguien les explique; así con todas las materias.

-La formación universitaria  es cada vez más buscada por los integrantes de las Comunidades en general, ¿Cómo es ese acceso en el caso de las Comunidades en Formosa?

Cuando empezamos a hacer este acompaña-miento, planteamos a las instituciones educativas que enseñar no entraba dentro de nuestras intenciones, que no podíamos cumplir con esos programas, y nos respondieron “no se preocupen por que los chicos aprendan, que copien, con que completen las carpetas es suficiente”. Eso no es educación, con eso no están preparándolos para nada y los pocos que llegan a la Universidad tienen serios problemas porque no son capaces de hacer una lectura comprensiva de textos, porque no tienen los conocimientos básicos que los habiliten para los estudios terciarios. La educación es uno de los temas preocupantes, tanto la familiar como la formal de las escuelas.

 Otro derecho básico es la Salud, ¿Tienen las Comunidades en Formosa una atención sanitaria acorde a sus necesidades, cosmovisión  y cultura?

La salud es otra de las grandes deudas que tenemos; les hemos quitado la posibilidad de su salud tradicional, los hemos enfermado con las comidas, con una vida a la que no estaban acostumbrados, con el aire contaminado y no tienen acceso a la salud.

Los hospitalitos, las salitas del interior son muy pobres. Las enfermeras y los enfermeros hacen lo que pueden, no siempre hay médicos, y si los hay, son insuficientes, sin elementos. Dicen que hay hospitales de mediana complejidad, y la verdad es que son edificios, pero adentro están vacíos y la atención es muy deficiente.

– ¿Esto es así en todo el interior provincial?

En Ingeniero Juárez, donde está el hospital regional referencia de tres departamentos, el acceso a especialistas es muy limitado; el cardiólogo viene una vez al mes y es algo nuevo de este tiempo. Años atrás, aquí, en Juárez, se operaba la vesícula, el apéndice y otros, pero hoy todo tiene que derivarse, o esperar una vez al mes a que venga un cirujano, que hace lo que puede en ese día.

No hay especialistas, no hay elementos, las farmacias muchas veces están desprovistas… la salud es otro gran déficit. En este tiempo de pandemia se multiplicó el dolor, el sufrimiento, el no poder acompañar, no poder estar junto al enfermo cuando lo trasladan a Formosa. Es muy triste esta realidad, la situación de las madres en sus partos, sobre todo las primerizas, que están alejadas de sus familias. Mucho dolor y deuda hay en cuanto a salud.

–  Cuando en las ciudades  se habla de  inseguridad la gente imagina el robo a su casa o la violencia en la calle; en las Comunidades Wichí cuando se habla de inseguridad ¿En qué se piensa?

Las Comunidades viven una inseguridad permanente en su relación con la otra cultura, porque sus derechos son constantemente atropellados, no son respetados, no son bien tratados por todos. Muchas veces en los comercios son los últimos en ser atendidos, se les retienen los documentos.

Ahora, en estos tiempos de elecciones, por una deuda o a cambio de alcohol, algunos comerciantes poco escrupulosos se quedan con sus documentos y les cobran las pensiones, y ahí están, sin sus DNI. Situación muy triste es la que viven las Comunidades con el tema de la seguridad.

Además, en general, hay miedo a la policía porque maltrata, es represora, comprende poco a los  miembros de Comunidades al no poder expresarse en el idioma con libertad y con fluidez, y quedan muy expuestos. Cuando van a hacer denuncias, muchas veces no se las toman. Existen derechos atropellados, hay una gran desigualdad jurídica y policial.

– Pasamos con brusquedad a otro tema pero que es inherente a esa realidad fotografiada, ¿A qué se debe la alta inejecución del relevamiento territorial en la provincia de Formosa?

 La Ley del relevamiento territorial, la 26160, es una ley que en Formosa casi no se aplicó, no llega al 1% de las Comunidades relevadas. ¿Por qué?, porque a la plata la esfumaron, se la gastaron en otra cosa; porque no hay un interés real de que las tierras sean relevadas, porque no es negocio. Así como no se le reconoce la existencia al Pueblo Nivaĉlé, porque eso significaría derechos constitucionales provinciales y nacionales sobre las tierras y son tierras que están en manos de Comunidades porque Formosa, en otro tiempo, se adelantó y dio títulos a asociaciones civiles, que era la forma en que las Comunidades se organizaron para tener un título comunitario, pero esos títulos son, en algunos casos, precarios, en otros están en riesgo y no son según el modo cultural.

 

– Viviendo Formosa como la vive y plasma  con la cámara ¿Considera necesaria la prórroga de la Ley 26160?

La Constitución Nacional asegura tierras aptas y suficientes para ahora y para futuras necesidades, porque es un Pueblo que está creciendo, crece, se multiplica. Yo no estoy de acuerdo con la Ley 26160, entiendo que es un parche necesario para evitar desalojos, pero no pueden ser tantos años y años de prórrogas. La verdadera lucha no es por una nueva prórroga de la ley, sino que exista una Ley de Propiedad Comunitaria que asegure de una vez por todas una propiedad comunitaria a los modos culturales, que la garantice, que esté cuidada, que no esté constantemente en riesgo; que se cumple lo que dice la Constitución.

Juani Rosasco en su permanente misión junto al Pueblo Wichí

La entiendo como una ley que es totalmente provisoria, la entiendo como una ley que evita desalojos mientras llega la ley de Propiedad Comunitaria de la tierra, pero no puede ser que nos distraigamos con las prórrogas de la Ley 26160 y no pongamos toda nuestra energía para que de una vez y para siempre haya una ley que garantice los territorios de los Pueblos Originarios.

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Cintia Gimenez

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